viernes, 9 de febrero de 2018

El milagro de la Virgen (Monterrubio de Armuña, Salamanca)

 Cuenta este relato que una tarde de primavera de 1780 varias niñas salieron al campo a buscar flores. De pronto, el clima cambió y se formó una fuerte tormenta que obligó a las niñas a volver corriendo a sus casas. Sin embargo, no todas volvieron, faltaba una de ellas. La búsqueda resultó infructuosa y sus padres se encomendaron a la Virgen del Viso para que la protegiera durante la noche.

Al día siguiente, un vecino creyó ver a una joven en lo alto del cerro, pero al llegar al lugar no encontró nada. De vuelta a casa se topó con una niña que estaba cogiendo flores en el campo. Era la pequeña que el día anterior había desaparecido, por lo que se le atribuye a la Virgen el milagro de mantener con vida a la pequeña durante la tormenta y la noche posterior.
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Una princesa en el castillo (Montemayor del Río, Salamanca)

Había una vez, hace muchos, muchos años, una Princesa que vivía en el gran Castillo del Marquesado  de Montemayor del Río. La villa feudal era la más importante en kilómetros a la redonda por su estratégica posición en la Vía de la Plata y por ser parada de paso de la Calzada Real. Así, superaba con mucho su prestigio frente a la vecina Béjar. Y sin embargo, era allí donde estaba lo único que deseaba la Princesa: su amado.
Un amor prohibido para la hija de los descendientes del mismísimo Sancho el Sabio, pues debía casar con alguien de más alta alcurnia y poseedor de grandes riquezas para engrandecer el feudo. Esto le llenaba de pesar, marchando a diario con su tristeza hacia alguna de las torres del Castillo. Allí pasaba las horas mirando hacia el bosque encantado, envidiando la libertad de sus animales.
Bajo ella se desplegaba como un mapamundi el valle arbóreo a través del cual trazaba su huida, ajena a los vasallos que, abajo, cuchicheaban lo impropio de que una dama dejara que el sol le tintara la piel y el viento enmarañara cada día sus cabellos.
Ella también los miraba, viendo en ellos muros y cadenas. Si lograba salir del castillo, de su gran foso y su doble muralla, no podría sortear las miradas de los villanos. Temían al Señor más que a nada y raudos darían la alarma. Los calabozos de la fortaleza eran famosos. En ellos se espachurraban cabezas, se arrancaban pechos y se hacían todo tipo de torturas con artilugios diseñados por el diablo.
Un día vio llegar al rico prometido con el que su padre terminó pactando su boda. Negándose a acudir al encuentro, la Princesa se escondió en la chimenea de la cocina. Para su sorpresa, desde su interior se escuchaban claras las conversaciones de la estancia. El Alférez Mayor llegó con uno de los soldados. “Aquí tampoco está. Bajemos a los calabozos, hemos de dar con ella y llevarla al salón o sufriremos la cólera del Señor. Hoy ha de marchar con el Duque!”.
La desesperación se apoderó de la Princesa. Cuando los soldados partieron salió del escondite y entonces lo vio. Sintiéndose entre las fauces de un monstruo, dio dos pasos y se lanzó al pozo.

Cayó y cayó dentro del pozo más profundo del reino hasta sus gélidas aguas. En ellas buceó como un pez hasta que de pronto vio una luz. Al emerger estaba sola, en una poza del río de ese bosque que no se cansaba de mirar. Se dejó llevar, libre y feliz en el agua, y entonces ocurrió. Se olvidó de marqueses, de príncipes y de amados y se convirtió en trucha.

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jueves, 8 de febrero de 2018

El Cristo de los Afligidos (Monsagro, Salamanca)

Cuenta la leyenda que la tranquila vida de este pueblo al sur de la provincia charra se vio un día interrumpida por la llegada de un misterioso forastero. Alquiló una casa frente a la iglesia, pagó por adelantado y pidió que nadie le molestase durante su estancia. No respondería a ninguna llamada. No abriría la puerta. Tan sólo recogería puntualmente la comida que le fuese entregada cada día a través de la gatera.
 Los lugareños comenzaron a preguntarse quién era aquel extraño visitante. Muchos dudaron de sus intenciones y algunos quisieron acercarse hasta la habitación para conocer el secreto del misterioso ser. Pero nadie se atrevió. Cada día el posadero introducía la comida a través de la parte baja de la puerta y cada día era retirada. Las jornadas transcurrían y cada parte cumplía con lo tratado. El huésped recogiendo la comida y los vecinos sin molestarle. Pero una mañana el plato continuó intacto, repleto de comida. Lo mismo sucedió durante la cena y al desayuno del día siguiente. ¿Le habrá ocurrido algo?, empezaron a preguntarse los lugareños. La curiosidad era máxima.
 Al no tener noticias del forastero, un grupo de vecinos acudió dispuesto a tirar abajo la puerta de la habitación, temiendo que hubiera sufrido alguna enfermedad. Esta vez no lo dudaron un instante. Se dirigieron a la casa frente a la iglesia y golpearon con fuerza la puerta. No hubo respuesta. Insistieron. Nada. Igual resultado. Así que decidieron derribar la puerta, pero cuál fue su sorpresa al no hallar nadie en el interior. Registraron cada rincón del salón, la cocina y el baño. Nada. Ni rastro del huésped. Se había ido sin dejar rastro. ¿O tal vez sí? Junto a lumbre hallaron todos los platos de comida que le fueron entregados cada día desde su llegada a Monsagro. Uno tras otro, apilados. Y lo más incomprensible, con todos los alimentos intactos, sin estar putrefactos pese al tiempo que ya había transcurrido desde que fueron dejados a través de la gatera de la puerta. ¿Cómo era posible?

 Cuando, incrédulos, los lugareños abandonaban la casa, uno de ellos reparó en una puerta cerrado, dando paso tal vez a una despensa o trastero. No estaba cerrada con llave, así que la abrieron rápidamente. En su interior encontraron un objeto que terminó por desorientarles. Era una preciosa talla de un Cristo crucificado, tan alta como el más estirado de los vecinos de Monsagro. Junto a ella, más platos de comida intactos y en perfecto estado de conservación. Los lugareños comprendieron que Dios envió un ángel para tallar al Cristo de los Afligidos, como así se le denomina desde entonces y recuerda cada año. Relatan los más viejos del lugar que se trata de una imagen milagrosa, capaz de otorgar amparo a los feligreses que acuden en su auxilio. Pero sobre todo recuerdan que incluso durante la Guerra de la Independencia el Cristo sobrevivió a cuantos saqueos esquilmaron la iglesia parroquial. De ahí que se le venere con fervor en toda la zona. Porque el afligido cree con más facilidad lo que desea

La moza de ánimas (Mogarraz, Salamanca)

Aún persisten diferencias muy sustanciales entre los pueblos y la ciudad, y más para aquellos que busquen emociones raras. Por ello, no deben dejar pasar una noche de ánimas en algún pueblo, como es el caso de La Alberca y Mogarraz, donde la necesidad hizo albergar esa jornada al viajero.
Está bien entrada la noche cuando se dirije a la iglesia. Una suave brisa, fría, muy fría, cuajada con algunas gotas de agua lo calan. Presagia una mala noche. Acaece en el templo parroquial acompañado por el serrano que le hace de guía y que, de paso, sube a la torre “‘ca’ cual ha de tocar por los sus muertos… ‘Pa’ su bien, así ha de ser”.

De repente, sorprendiendo por la esquina de una calleja, unas lucecitas, oscilantes, avanzan hacia el templo y hacia el grupo. Son otros fieles, tanto hombres como mujeres, que van alumbrándose con faroles a tocar por sus muertos.
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miércoles, 7 de febrero de 2018

La Sandía mal partida (Malpartida, Salamanca)

Cuenta la leyenda que Malpartida perteneció hace siglos a lo que actualmente es el término de Santiago de La Puebla, bañado por las cristalinas aguas del río Margañán. Entonces era una pequeña aldea cuyo nombre ni siquiera recuerdan ya los más ancianos. Allí vivían tres familias que se dedicaban principalmente a trabajar en los molinos ubicados a un kilómetro de distancia junto a la ribera del río, lugar donde se entremezclan las zonas rocosas con una extensa vegetación de encinas, mimbrones y chopos. Un reducto paradisiaco a través de cascadas y olor a tomillo.

Cual aldea gala de Astérix y Obélix ubicada en uno de los últimos rincones salmantinos, estas familias mantenían unas difíciles relaciones con los vecinos del núcleo principal de Santiago de la Puebla. Por un motivo y otro, el enfrentamiento dialéctico culminó en pleito por unos terrenos situados a un par de kilómetros. Pero no fue un juicio cualquiera. En lugar de celebrarse como hoy día los conocemos, un acto en que ambas partes exponen sus razones y después el juez delibera la sentencia, este pleito se dirimió en pleno campo. Tal era la enemistad existente con los vecinos de la pequeña aldea, que reclamaban la independencia jurisdicional, conviertiéndose también en un municipio. Pero, ¿cómo hacer para contentar a todos? ¿Cómo habilitar una manera capaz de establecer unos lindes definitivos que aparcaran para siempre la discusión? ¿Cómo partir lo que nunca había sido dividido?.

La decisión recayó en una sandía. En una simple sandía. El juez quiso jugar a ser el rey Salomón y decidió que la dejaría caer sobre el suelo. El corte determinaría los límites entre Santiago de La Puebla y el nuevo municipio surgido de la pequeña aldea. Todos accedieron, pues era mucho lo que podían ganar. Pero también mucho lo que podían perder. Y así fue. Sandía en alto. Miradas expectantes. En su pequeño trayecto rasgó el viento mientras la esperanza de los contendientes volaba hasta el infinito. Y cayó la sandía, pero el corte no fue limpio. Un trozo era mucho mayor que el otro. ¿Cual? Lamentablemente para las familias de la aldea, el suyo era el menor. "No puede ser, está mal partida", replicaron, y así quedó para la eternidad el nombre del nuevo municipio: Malpartida

Aunque hoy día sea un municipio de apenas diez kilómetros cuadrados con unos 150 habitantes, frente al medio millar y cincuenta y tres kilómetros cuadrados del término de Santiago de la Puebla, sus habitantes consideraba que, al fin y al cabo, se quedaron con la mejor parte de la sandía, pues la llanura de Santiago se torna en monte y agua para Malpartida y aseguran que muchos santiagueses se desplazan hasta sus tierras para disfrutar del Lunes de Aguas junto a los molinos, e incluso durante muchos siglos quisieron apoderarse de ellos y los usaban de forma furtiva. Tal es así, que existe una zona mágica, Las Pozas cuyas templadas y sulfurosas aguas, según aseguran los más viejos del lugar, cuentan con propiedades medicinales beneficiosas tanto para el estómago como para la piel. Ironías del destino, porque como se suele decir, la mayor esencia se guarda en frascos pequeños.

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Cueva de El Pinalejo (El Maillo, Salamanca)

Cuentan las gentes del lugar que por aquel entorno anduvieron los moros de correrías y en aquellas oquedades dejaron escondido un tesoro. El relato incluso concreta en que consistía éste: en un becerro de oro, al que nadie ha sido capaz de llegar porque en el interior de la cueva existe un lago que impide seguir introduciéndose por las galerías subterráneas. Se afirma que las Cuevas deben tener una salida por la parte opuesta, en donde se encuentra el pueblo de Monsagro (aún no se ha encontrado dicha salida).
Tambien a los pies de las cuevas, a la orilla del regato que corre por la ladera en que tiene su entrada existen restos de un poblado, del que se han encontrado pequeñas piedras de molino, de 60 cm. De diámetro, monedas y restos de vasijas y de otros objetos.

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martes, 6 de febrero de 2018

Leyendas sobre la Virgen de la Encina (Macotera, Salamanca)

Una cuenta que la Virgen se apareció a unas esclavas en el lugar donde está la ermita y que ésta iba a luchar contra los moros. Un día la apresaron y la cortaron las manos y la cabeza. Las esclavas que la acompañaban consiguieron estos restos y los trajeron a donde se les había aparecido.
Otra leyenda, muy parecida a la anterior, cuenta que la Virgen iba a luchar contra los moros en la época de la Reconquista y que un día los moros la apresaron y la cortaron las manos y la cabeza. Entonces sus sirvientas trajeron sus manos y su cabeza a Macotera y aquí se les apareció en una encina.

Su imagen está compuesta de cabeza, manos y un entramado que le hace de cuerpo. Esto está relacionado con otra leyenda que dice que si alguien la viese desnuda se quedaría ciego.

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