jueves, 27 de septiembre de 2018
Virgen de la Estrella (El Garrobo, Sevilla)
Cuenta la leyenda que la Virgen de la Estrella fue hallada por unos campesinos en un terreno conocido como los Caños de la Estrella situado entre las localidades de Gerena y El Garrobo. Los campesinos no llegaban a un acuerdo para decidir hacía que localidad llevar a la Virgen por lo que decidieron montarla en una carreta y que la intervención divina guiara hacia uno de los pueblos, siendo este el pueblo de El Garrobo.
El Lero (Estepa, Sevilla)
Juan Caballero y Pérez nació en Estepa el 24 de agosto de
1801, hijo de labradores acomodados, no conoció estrecheces en su juventud.
En 1824 fallece su madre, Carmen Pérez, su padre contrae
segundas nupcias y Juan se marcha a vivir con su hermano mayor al que ayuda en
sus tareas de marchante de ganado, hasta que es acusado injustamente de haber
sido uno de los asesinos del alguacil de Osuna.
El diario “La época” del 11 de abril de 1885, relata el
acontecimiento:
“Mataron al alguacil mayor de Osuna entre dos criminales de
nombradia, y un casero de aquel término que, por cuestiones do intereses,
estaba reñido con Juan Caballero, profesándole odio encarnizado, culpó a éste
del asesinato.
Preso y conducido a Sevilla, compareció para ser juzgado
ante una comisión militar. Probó ante ella de una manera concluyente que cuando
ocurrió el crimen venia él de Sierra Morena.
La comisión militar acordó que volviera á Estepa, para que
el juez dispusiese lo que creyera oportuno, en vista de las pruebas alegadas.
El tránsito de Sevilla a Estepa, tratado como un criminal,
hizo profunda impresión en el ánimo de aquel hombre que tenía la certeza de su
inocencia. Empezó a proyectar su fuga desde la primera jornada, logrando burlar
al fin en Pedrera la vigilancia de sus guardadores.”
En Cazalla de la Sierra se unió a una cuadrilla de
bandoleros hasta que en 1827 formó su propia cuadrilla.
Detalle del diario "La unión" del 11 de abril de
1885 en el que anuncia el fallecimiento de Juan Caballero "el lero"
Detalle del diario “La unión” del 11 de abril de 1885 en el
que anuncia el fallecimiento de Juan Caballero “el lero”
Siempre tuvo un gran respeto por sus paisanos, y cuando
llevaba a cabo alguno de sus asaltos, preguntaba si había alguien de Estepa
para dejarlo libre inmediatamente.
Ejercía sobre su gente una autoridad sin límite, exigente en
el mando y duro en los castigos que imponía cuando detectaba el menor acto de
desobediencia.
Las historias que se cuentan de él no tienen fin,
seguramente, como en otros muchos casos, algunas serán ciertas y otras formaran
parte de la leyenda que se forjaba alrededor de estos hombre.
Cuentan que en cierta ocasión que tuvo que auxiliar a su
amigo, y también bandolero, José María “el Tempranillo”, se encontraba con dos
de sus hombres en el Cortijo de la Vieja, propiedad del vicario de Estepa,
cuando son sorprendidos por veinticuatro soldados al mando de un oficial. Los dos
hombres que le acompañaban dieron muestras de terror, por lo que Juan indignado
cogió su arma con la intención de matarlos, ya que no admitía cobarde entre sus
filas. El miedo a su jefe pudo más que el que procesaban por los soldados, por
lo que suplicaron por sus vidas.
En el diario “La época” viene recogido el acontecimiento:
“—No quiero cobardes á mi lado—gritaba furioso Juan
Caballero.—Si tenéis corazón, probádmelo ahora. Montó a caballo, y dirigiéndose
al casero, le mandó abrir la puerta del cortijo. Resistióse aquél en vista del
peligró, aconsejándole que se ocultara,
—Juan Caballero no se esconde jamás — gritó con voz de
trueno, y arrebatándole la llave, abrió por su propia mano.
Salieron los tres al escape de sus briosos caballos, pasando
como una exhalación por delante de la tropa asombrada. Cuando Juan Caballero
estuvo a cierta distancia de ésta, volvió rienda, y acercándose de nueve gritó:
—El que quiera algo conmigo, que sa adelante. Me atrevo con
todos, uno a uno, y hasta dos y hasta tres sí quieren. El que sea valiente, que
salga.
Viendo que nadie salía, emprendió de nuevo la marcha.
El oficial que mandaba la fuerza, dio entonces orden a
aquélla de que le siguiese mientras que él, que iba montado, se adelantaba al
correr de su caballo. Uno de los compañeros de Juan Caballero obligó mucho á su
jaca y se quedó retrasado. El oficial le iba á los alcances y estaba ya cerca.
El bandido empezó á pedir socorro.
Volvióse Juan con la rapidez del rayo, y viendo que iba á
morir a manos del oficial, que lleno de ardor le acometía, disparó contra el
caballo de éste último matándolo. El jinete fué lanzado en la caída, quedando
sin sentido. Juan Caballero se apeó, recogió el cuerpo inanimado del oficial
que había quedado sobre unas peñas, lo colocó cuidadosamente encima de la
hierba, y montando de nuevo emprendió la retirada, quedándose el último. La tropa,
que iba acercándose, hizo varías descargas; pero los tres bandidos resultaron
ilesos.”
El diario "La época" del 11 de abril de 1885,
también recogía en una extenso artículo el fallecimiento de Juan Caballero,
añadiendo una completa historia de su vida y andanzas.
El diario “La época” del 11 de abril de 1885, también
recogía en una extenso artículo el fallecimiento de Juan Caballero, añadiendo
una completa historia de su vida y andanzas.
Hay quién dice que llevó al oficial hasta una posada en
donde curaron sus heridas, y que Juan “El lero” se quedó hasta que recobró el
conocimiento, diciéndole que no había matado por que había demostrado ser un
hombre valiente. Otros añaden, que más tarde ese oficial se licenció del
ejercito para entrar a formar parte de la cuadrilla de “El lero”.
Los gobiernos de la época intentaron por todos los medios
acabar con los bandoleros, pero les era imposible, por la gran ayuda que
prestaban a los lugareños, por lo que, al comprobar que el uso de la fuerza no
era el remedio, lo intentaron con los indultos.
Juan Caballero se negó en varias ocasiones a ser indultado,
en un primer intento, se negó alegando a que o era para él y toda su cuadrilla
o no lo era para nadie.
Cuando el general Manso, aceptó, lo hizo con la condición de
que tenía que entregar a “El Tempranillo”, lo que el general no debía de saber
es que Juan era padrino de uno de sus hijos, por lo que negó el indulto, y puso
una nueva condición: El indulto debía de ampliarse a todas las cuadrillas, sin
que quedara ninguna fuera.
Según cuenta, Juan le dijo al general que él podría ser un
asaltante, pero nunca un traidor.
Días más tardes, llegó el indulto para todas las cuadrillas.
La entrega de armas se llevó a cabo en Estepa con toda la
solemnidad. Los indultados entregaron sus armas y sus caballos. A Juan
Caballero “El lero” se le permitió quedarse con el suyo, pero él se negó, sin
embargo, lo “compró” entregando 30 onzas de oro al párroco para obras de
caridad.
Desde ese momento, llevó una vida apasible como tratante de
ganado. Su valor y su brío le acompañó el resto de su vida.
“El Lero” se casó, y tuvo varios hijos, al menor que le puso
de nombre Luis, entró en la carrera eclesiástica, lo cual a Juan le agradó, ya
que era una persona muy religiosa, todas las mañanas escuchaba misa, y por las
noches rezaba un Rosario, sin embargo no pudo escuchar a su hijo decir su
primera misa.
Juan Caballero “El lero” falleció el 30 de marzo de 1885,
cuando contaba más de 80 años.

miércoles, 26 de septiembre de 2018
Mantecado (Estepa, Sevilla)
"Todo
comienza con Micaela La Colchona -era su apodo-, que se dedicaba a la matanza
de cerdos, y pensó en aprovechar la manteca del despiece para hacer un dulce,
lo que se unió al hecho de que su marido era cosario (repartidor), y realizaba
el recorrido entre Estepa y Antequera vendiendo el producto, explica.
Cuando
lo va explicando, la mente va recorriendo cada rincón de la fábrica, y,
efectivamente, parece que no ha pasado el tiempo en un sitio donde las mujeres
trabajan en una mesa camilla, y el horno se alimenta con el mismo tipo de leña
de hace casi 200 años.
Una
vez escuchada su explicación, toca visitar a las monjas Clarisas, que llevan
más de cinco siglos en el pueblo, aunque los vecinos dicen que no son superados
en antigüedad por los antecesores de La Colchona.
Es
un convento de clausura, con lo que ellas están dentro, en sus labores,
mientras tres mujeres les realizan la venta de forma voluntaria frente al torno
por el que van saliendo los productos recién hecho.
Una
de ellas dice que "hay dos leyendas, de las que una habla de que en el
convento se hacen mantecados desde hace siglos", aunque no está
documentada, mientras "que La Colchona sí se sabe que fue la primera
empresa que los comercializó, así que a lo mejor las dos tienen hasta
razón".
Virgen de los Remedios (Estepa, Sevilla)
Cuenta la tradición oral, que las andas de la Virgen
aparecieron una mañana en la plazuela de los Remedios, y que los jornaleros que
se disponían a ir al campo vieron alejarse de la plaza a los bueyes que las
traían. El autor de las andas se mantuvo en secreto, llegando a decir que las
trajeron los ángeles del cielo e incluso que fueron talladas por un preso a
cambio de comida, protección y futura libertad. Los bueyes que ven marcharse
esa mañana temprano eran procedentes del Cortijo de Andrade (La Andrá); no en
vano su propietario, Don Manuel de Andrade, era en aquellos años Hermano Mayor
de la Hermandad y gran artífice de la construcción del Camarín de la Virgen y
la Capilla Mayor. Posiblemente fuera una persona perseguida por la justicia
quien trabajaba para este señor a cambio de poder recobrar su libertad y su
sustento diario, y para que nadie pudiera sospechar nada de la estancia de este
hombre en su cortijo, amanecieron sus bueyes trayendo las andas para dejarlas
en la plazuela y simular que pareciera un milagro.
Sin embargo, el diseño de este templete barroco es semejante y en algunos aspectos idénticos a multitud de piezas que exornan el retablo mayor de la iglesia y el propio Camarín de la Virgen. El retablo mayor fue realizado en el taller ecijano de Juan José González Cañero entre 1733 y 1741. Pero la hermandad recurrió al núcleo antequerano de Francisco Primo para la finalización y modificación de la obra entre 1744 y 1749, realizando también entre 1762 y 1763 los dos retablos laterales. El dorado se debe a Salvador Romero en 1750. La realización del templete o baldaquino de la Virgen de los Remedios se relaciona con la obra del antequerano Francisco Primo.
Sin embargo, el diseño de este templete barroco es semejante y en algunos aspectos idénticos a multitud de piezas que exornan el retablo mayor de la iglesia y el propio Camarín de la Virgen. El retablo mayor fue realizado en el taller ecijano de Juan José González Cañero entre 1733 y 1741. Pero la hermandad recurrió al núcleo antequerano de Francisco Primo para la finalización y modificación de la obra entre 1744 y 1749, realizando también entre 1762 y 1763 los dos retablos laterales. El dorado se debe a Salvador Romero en 1750. La realización del templete o baldaquino de la Virgen de los Remedios se relaciona con la obra del antequerano Francisco Primo.
Virgen de Loreto (Espartinas, Sevilla)
La primera
crónica escrita sobre el hallazgo de la imagen de la Virgen de Loreto data de
1.584, año en el que fray Francisco de Angulo recogía una serie de hechos,
transmitidos oralmente de padres a hijos. La leyenda nos sitúa en el Sábado
Santo del año 1.384, cuando la Virgen, atendiendo las oraciones de unas
cristianas que estaban cautivas en tierras de moros, acude para socorrerlas, de
tal forma que cuando despiertan de su sueño se encuentran a unos cincuenta
pasos de la torre llamada de Loreto. Junto a ellas vieron entonces a la imagen
de la Virgen, que hallaron colocada en el tronco de un olivo.
Como en
tantas otras tradiciones similares, los habitantes del vecino Umbrete se
llevaron la talla a la iglesia del pueblo pero, de forma milagrosa, la Virgen
regresó al sitio donde fue encontrada. Apercibiéndose de sus deseos, los
campesinos comenzaron su culto, primero en la torre y, poco después, en una
ermita que se construyó para tal fin.

El palacio de Benamejí (Écija, Sevilla)
Cuenta
la historia o la leyenda, que todos los palacios ecijanos tienen
una sola torre, salvo el de Benamejí, que cuenta con dos. También dicen, que
hace siglos todo noble que poseyera un palacio tenía derecho a construir en él
una sola torre, pero cuando el palacio de Benamejí estaba edificando el rey
Carlos III estaba en la ciudad. Y dado que un ala ya estaba terminada el
propietario invito al monarca alojarse en su palacio durante la visita, por
esto durante su estancia en Benamejí, el rey se sintió tan agradecido que le
concedió al noble el privilegio que deseaba, una torre para su palacio. Años
más tarde volvió Carlos III a Écija, y se quedó sorprendido al descubrir que el
palacio de Benamejí tenía dos torres, indignado dicen pidió explicaciones
al de Benamejí, quien le explicó que una había sido un privilegio concedido por
el mismo, y la otra torre correspondía por ser derecho de todo noble,
reconociendo el rey que tenía razón.
El moro de Santiago (Écija, Sevilla)
En estos tiempos en los que la clase política está siempre en boca de todos y nunca, o casi nunca, para bien, parece oportuno aprovechar nuestro blog para recordar una antigua leyenda que ocurrió hace mucho en nuestra ciudad.Cuenta esta historia que era costumbre en la Écija musulmana elegir al caid, es decir, al alcalde de la ciudad a través de una votación en la que se sumaban bolas de diferentes colores. En aquella época como en la de ahora los deseos de alcanzar el poder hacía caer a los cargos políticos en la corrupción.
En cada punto donde se podía votar, la elección era vigilada por una persona, sin embargo, el encargado de la votación del barrio que hoy correspondería con el de Santiago era partidario del candidato representando por la bola blanca, por lo que, sin que nadie le viese, se iba tragando todas las bolas verdes que iban llegando.
No obstante, fue descubierto y denunciado a las autoridades. Tras someterse a juicio, se le declaró culpable de un delito por el que fue castigado de una forma terrible: el condenado debía ser enterrado desde el cuello a los pies hasta morir, y según la leyenda, el moro no podrá escapar hasta que se celebren unas elecciones totalmente justas.
Sin alguién tiene dudas, cada mañana desde el siglo VIII la cabeza del moro despierta entre los ladrillos de la torre de Santiago.
En cada punto donde se podía votar, la elección era vigilada por una persona, sin embargo, el encargado de la votación del barrio que hoy correspondería con el de Santiago era partidario del candidato representando por la bola blanca, por lo que, sin que nadie le viese, se iba tragando todas las bolas verdes que iban llegando.
No obstante, fue descubierto y denunciado a las autoridades. Tras someterse a juicio, se le declaró culpable de un delito por el que fue castigado de una forma terrible: el condenado debía ser enterrado desde el cuello a los pies hasta morir, y según la leyenda, el moro no podrá escapar hasta que se celebren unas elecciones totalmente justas.
Sin alguién tiene dudas, cada mañana desde el siglo VIII la cabeza del moro despierta entre los ladrillos de la torre de Santiago.
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