viernes, 20 de marzo de 2020

El puente de las Herrerías (Cazorla, Jaén)

En la cabecera del Guadalquivir, el viajero puede atravesar el río para dirigirse a su nacimiento por el «Puente de las Herrerías». Se trata de una obra ágil, de graciosas proporciones y de un solo ojo, levantando en piedra caliza prosa de la zona, conocida como toba, muy ligera y de fácil talla.
La leyenda del Puente de las Herrerías remonta a las postrimerías del siglo XV. Los Reyes Católicos, que habían declarado la guerra al reino nazarí de Granada, se dirigían desde Córdoba hacia el frente granadino para proseguir el acoso del último reducto musulmán. En un momento del recorrido, al caer la tarde, las tropas se encuentran imposibilitadas para cruzar el Guadalquivir cuyo cauce había acrecentado durante las últimas lluvias. A partir de aquí la imaginación despliega sus alas y el relato se resuelve de manera fantástica.
La versión caballeresca sostiene que, los caballeros al mando de la Reina Isabel la Católica, acometen la tarea de levantar un puente que permita proseguir la marcha en pos del acoso granadino. El empeño y la diligencia de señores y huestes en reanudar la marcha, cabe a la reina Isabel el privilegio de ser la primera en cruzarlo.
Una variación más religiosa y mística introduce la intervención divina, a modo de milagro: nos dice que  una fuerza o poder misterioso acude en ayuda de los esforzados constructores para que la tarea se ejecutase en una sola noche y haga posible que la reina prosiga su plan de conquista.

Tragantía (Cazorla, Jaén)

Según la leyenda durante la conquista de los castellanos el rey ocultó a su hija en una estancia secreta, muriendo en la batalla. La princesa permaneció en su escondite hasta la locura, transformándose sus piernas en una cola de reptil y prometiendo venganza contra los castellanos.

El último lobo (Cazorla, Jaén)

Los últimos lobos que vivieron en la Sierra de Cazorla, Segura y las Villas ocuparon la zona conocida como Monte Poyo Segura de Patones, entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. La zona de la Cabañuela, El Aguadero y las Lagunillas fue muy rica en fauna salvaje. Además de cabras montesas siempre dominando las alturas, había tejones, turones, garduñas, zorros, gatos monteses y hasta truchas comunes allí donde los arroyos desembocaban en el río Guadalquivir.
La desaparición de los lobos fue debida a la lucha que emprendieron los ganaderos de la comarca, pues el daño que causaban en las «majas» era enorme. Casi con toda seguridad el último lobo visto por la zona fue uno muy conocido, popularmente llamado «Vicentón». Era grande, astuto y muy sanguinario. Posiblemente sus huesos reposen en alguna cueva profunda y oscura de las muchas que hay en El Aguadero.

La Encantá (Cazorla, Jaen)

La «Leyenda de la Encantá» data de hace varios cientos años, seguramente desde el momento en que el Monte Poyo Segura de Potones empezó a ser habitado, y es muy conocida en toda el área de influencia de Bujaraiza, El Aguadero y La Cabañuela. Trata de las apariciones de seres sobrenaturales en momentos puntuales, que fueron vividas por muchos serranos de estas cortijadas dignos de toda credibilidad.
Entre las muchas formas que adopta, la más vista fue la de una señora muy hermosa peinándose  sus lagos cabellos con un peine de oro. Algunas veces acunaba a un niño en su regazo. Todos los comentarios coinciden en que estas apariciones tenían por objetivo velar por la moral y buenas costumbres de los habitantes des la aldeas, pero sobre todo por que no se abusara de los bienes que gratuitamente ofrece la madre naturaleza.
No permitía que se cogiesen en exceso plantas comestibles como el «gordo-lobo», el laurel o las collejas. Regañaba a los pastores si el ganado hacía un daño descontrolado. A los viajeros que se paraban en las fuentes a saciar su sed les pedía que no ensuciaran el agua. Sin duda podría pensarse que era la propia madre naturaleza disfrazada de bella dama la que procuraba que siempre hubiera un equilibrio perfecto entre la misma y los seres acogidos en su seno.
Son numerosos los lugares de las apariciones, pero sin duda donde más veces se dieron fue en un paraje conocido como el Royo de la Merera, que se encuentra a mitad del camino que saliendo del «vivero de la huerta vieja» conduce ala aldea de La Cabañuerla, justo en el punto en que una pequeña fuente se atraviesa en la senda. La cantidad de veces que estos hechos se produjeron y la seriedad de las personas que los vivieron indica que son ciertos y que cualquier día y a cualquier hora puede aparecerse «La Encantá».

Castillo de locos vi (Castillo de Locubín, Jaén)

La historia nos demuestra ampliamente el origen del nombre de Castillo de Locubín. Dos prestigiosos escritores castilleros, D. Rafael Álvarez de Morales y Dª. Concepción Castillo, se han encargado de estudiar en profundidad el origen de su nombre y ambos señalan que se trata de un nombre árabe, Hisn al-Uqbin -Castillo de las Cuevas o Castillo de las Águilas- (cada uno de ellos apuesta más por una u otra traducción del nombre).
Es la tradición popular, posiblemente por el desconocimiento de la historia, así como el afán de jugar con las deformaciones de las palabras, lo que ha dado lugar a esta leyenda, que no tiene ninguna base histórica, puesto que, como acabamos de indicar, el origen árabe del nombre del pueblo está sobradamente demostrado. Vista de La Villeta desde la parte más baja del pueblo.
Cuenta la leyenda que en cierta ocasión pasó por El Puerto de Castillo, una reina mora, acompañada de su corte. Iba de camino para reunirse con su esposo.
Al llegar al lugar denominado El Puerto, desde donde se veía el pueblo con su castillo, se detuvo a lomos de su caballo para poder disfrutar del espléndido paisaje y de la hermosísima panorámica del pueblo con su castillo. Como todos sabemos, El Puerto se encuentra a 1090 metros de altitud y el pueblo de Castillo de Locubín está en la falda de la Acamuña, a 682 metros de altitud.
La reina, que no debía tener nada desarrollada la concepción espacial, se sorprendió de que el castillo de la Villeta ella lo estuviese viendo “en bajo”, claro está, con respecto a su posición.
Tal fue su sorpresa que algunos miembros de su corte le escucharon decir en voz baja:
– ¡Qué raro! Todos los castillos están en la parte alta de las ciudades o pueblos, menos éste.
A dicho comentario no le hicieron mucho caso, antes bien, sin que la reina se percatase, se mofaron de lo que estaban escuchando y reanudaron la marcha. Al llegar a su destino, la reina se encontró con su esposo, el rey, y, antes de bajarse del caballo, exclamó a éste:
– ¡Esposo mío!… “¡Castillo de locos vi!”
Y desde entonces, por deformación de la expresión, cuenta la leyenda que el hermosísimo pueblo situado en la falda de la Acamuña se llama “Castillo de Locubín”.
Hay una segunda versión de esta leyenda. Es la que sigue:
Cuenta que en cierta ocasión, en verano, cuando el pueblo de Castillo estaba en poder de los musulmanes, vino hasta él un rey. Días antes de su llegada, las autoridades mandaron que dicho rey fuese recibido con todos los honores y ordenaron a sus habitantes salir a recibirle con vítores y rendirle pleitesía.
Su llegada estaba prevista para cierto día por la mañana y todos los castilleros estaban avisados de que, cuando escucharan el sonido de trompetas, sería el momento de salir a recibir al Rey. Pero éste se adelantó y llegó de noche, por lo que los habitantes del pueblo se encontraban durmiendo. Estaban en el primer sueño de la noche, cuando el estruendo de trompetas los despertó y todos salieron a la calle tal y como estaban en la cama: como era verano y hacía mucho calor, los hombres en calzoncillos y las mujeres con camisones. El pueblo entero se echó a la calle con gran alborozo. El rey, al verlos en prendas menores vitoreándole, se sorprendió y exclamó:
– “¡Castillo de locos vi”!

La mora cautiva (Canena, Jaén)

En tiempos antiguos, cientos de años... que no sé precisar, gobernaba estas tierras fronterizas, de continuas luchas entre moros y cristianos, un alcaide árabe que vivía en esta fortaleza que domina el pueblo y que había sido moneda de cambio en muchas contiendas. 
Tenía este jefe árabe una única hija de extraordinaria belleza a la que guardaba celosamente y que sólo había sido vista por sus doncellas, que a todas horas la rodeaban formando una pequeña corte. Además de hermosa, era sensible y dotada maravillosamente para la música. Su fama trascendía las murallas del alcázar y era de dominio común, habiendo deleitado en muchas ocasiones a los invitados de sus padres con su música y sus canciones. 

En cierta ocasión, se convocó allí una reunión de caudillos árabes y caballeros cristianos para negociar, una vez más, la paz de aquella zona. Las mujeres no podían asistir a dichas juntas, según las costumbres y religión musulmanas. Uno de los caballeros cristianos que participaban en ellas escuchó una noche la bella melodía que nacía tras la celosía de una de las torres junto con estrofas de un poeta árabe popular. Intrigado por la dulce voz, trepó hasta encontrar una terraza donde se hallaba la joven mora, que vestida de seda con brocados, anillos y brazaletes de oro al momento enamoró al caballero. 

Sobornó a una de sus doncellas para concertar un encuentro y le dedicó unas bonitas palabras en su propio idioma: " Aunque la rosa se oculte entre sus pétalos, escucha con deleite la canción del ruiseñor". 

La joven, curiosa, entre ruborosa y pensativa, lo recibió. Quedó encantada por la gallardía y apostura en la flor de su juventud del caballero y emocionado su corazón. Comenzaron una relación intensa; eran dos enamorados, sin prejuicios de religión, capaces de anteponer su amor frente a todo lo que a él se opusiera. 
Pero en su atrevida relación se cruzó la mala fortuna. Una prima, que también se había encaprichado del caballero y que fue despechada por éste, decidió desbaratar su relación. Los espió en su lugar de encuentro, después de comprar a la doncella mora y al paje del joven y relató lo presenciado al alcaide quien recordó, tarde, una frase que por algún instante anidó en su mente: ¡ He aquí una tentadora fruta del jardín de las Hespérides, que necesita la guarda de un dragón! 

Indignado, herido en su orgullo, afrentada su religión y temiendo la humillación ante los suyos decidió su venganza. Sin decidir medida violenta mientras fuese huésped del castillo, consiguió que el caballero fuera apartado de las negociaciones y encargó que, una vez lejos de allí, le montaran una emboscada para matarlo. 

La emboscada fracasó y él siempre pensó en volver a la fortaleza a por su amada. Una tras otra envió espías para tener noticias de ella y saber lo que ocurría en el castillo pero la información que recibía era siempre la misma: La joven mora ya no estaba allí. Continuó sus indagaciones averiguando que se rumoreaba que había tenido que partir porque el padre la había prometido en matrimonio a otro caudillo árabe. 

Pasó el tiempo y él nunca pudo conceder crédito a aquella traición y doloroso olvido. Por una de las sirvientas del castillo supo, tiempo después, que desde cierto día la hija del alcaide había desaparecido. 

Reanudadas las hostilidades, los cristianos tomaron el castillo. Al frente, y por deseo expreso, iba el capitán cristiano dirigiendo el asalto con la esperanza de encontrarla. Buscó por mazmorras y escondrijos. En una de ellas, desfallecida, casi sin vida, encontró a una de sus doncellas quien, entre lágrimas y sollozos, le contó que la bella mora quedó embarazada aumentando con ello la afrenta a su padre, no sólo amores ilícitos sino embarazada por un infiel. La condenó a muerte. Como no era capaz de matarla, la echó al "in pace" y allí murió junto a su hijo. 

Buscaron el sórdido lugar hallando, efectivamente, los restos de una mujer joven junto con los de un bebé. En las paredes, rayado en la piedra, el nombre del caballero junto al de la amada. Y según se cuenta, aún hoy se sigue escuchando, cada víspera de San Juan, por la noche, alrededor del torreón de su cautiverio, la canción triste y desesperada de la mora suplicando que la liberen de su prisión.

El pastor que ayudó a la toma del castillo (Cambil, Jaén)

En el año 1435 las fortalezas de Cambil y Alhabar cayeron en manos de Castilla gracias a una incursión que hacen por tierras granadinas don Juan de Sotomayor, maestre de Calatrava y Diego Rivera, adelantado de Andalucía. Tres años más tarde los granadinos recuperaron los dos castillos.
Del 15 al 30 de junio de 1457 el rey Enrique IV realiza una expedición por tierras musulmanas, pero no llega a efectuar ninguna operación de importancia. Regresa a Jaén y, a primeros de julio se dirige a Cambil con 1.200 caballeros y la reina, acompañada de diez doncellas. Llegaron a un punto tan próximo a Cambil que la guarnición se aprestó para defenderse, saliendo a las murallas, pero todo el ataque se redujo a algunos disparos de ballesta que la reina hizo a modo de juego.
A finales de abril de 1462 el Condestable Miguel Lucas de Iranzo decide atacar Cambil y Alhabar por los grandes daños y ataques sufridos en Jaén, pero no consigue conquistarlos y decide talar y destruir campos y trigales.
Hubo otros intentos cristianos de hacerse con ambas fortalezas, pero el final del período musulmán no llegaría hasta la primera quincena del mes de ramadán del año 890 de la Hégira, es decir de 1485, tras su cerco y toma por los Reyes Católicos. La derrota en Moclín del ejército cristiano desencadenó la decisión del cerco y toma de los castillos de Cambil y Alhabar. Para ello, el marqués de Cádiz es enviado por delante con 2.000 jinetes para iniciar el cerco de estas dos fortalezas, y cortar sus comunicaciones con el reino de Granada, mientras llegaban el resto de las huestes cristianas para ultimar el cerco. Sin embargo, las dificultades para llevar la artillería hicieron presagiar un desastre.
El problema se resuelve con la leyenda de la aparición del pastor de la toma de Cambil, que les lleva por los caminos más adecuados para facilitarle el transporte. Una vez colocada toda la artillería y ante los efectos devastadores de las lombardas de las huestes de los Reyes Católicos, los alcaides moros de Cambil y Alhabar solicitan pactar la entrega a partido. Acuerdan la entrega de 600 doblas de oro a cada uno de los alcaides y la salida en libertad de los defensores y habitantes de las dos villas y fortalezas, sin armas, ni caballos, llevándose de sus bienes tan solo aquello que puedan portar a cuestas.