martes, 7 de abril de 2020

El mal augurio del castillo (Torredelcampo, Jaén)

Cuenta la leyenda que Pedro Girón, maestre de Calatrava, ofreció al rey Enrique IV deponer las armas si le concedía la mano de su hermana Isabel, la futura Isabel la Católica. El monarca aprobó el casamiento, aunque el maestre calatravo doblada la edad de La Católica.
Cuando Pedro Girón acudía a la boda, con lucido séquito, se detuvo a pernoctar en el castillo del Berrueco. Aquella noche una gran bandada de cigüeñas estuvo largo rato sobrevolando la fortaleza en círculos.
Las personas que acompañaban al feliz novio creyeron que lo de las cigüeñas del Berrueco era un mal augurio. El caso es que la comitiva continuó su viaje. A los pocos días acampó en Villarrubia, cerca de Ciudad Real, donde don Pedro, después de cenar, se retiró a dormir y por la mañana lo encontraron muerto de, según dice la crónica y repite Juan Eslava Galán en su libro 'Castillos y Atalayas del reino de Jaén'.
Algunos de los que le acompañaban pensaron que el monarca Enrique IV se había arrepentido de ofrecerle el casamiento de su hermana y se había conjurado para que Girón nunca llegase. No obstante, otros apuntan que la causa de la muerte de Pedro Girón fue la cena, y no precisamente porque le sentara mal.

La Cruz del molinillo (Santo Tomé, Jaén)

Al atardecer, cuando cesaba el canto de las chicharras y el sol se acercaba al horizonte, la comitiva que había salido por la mañana temprano de Baeza se encontraba ya cerca de Santo Tomé. Andrés Castillo se despidió de D. Hernando, de su esposa e hija que iban en un carruaje, y esperó a que la comitiva continuase su camino hacia el pueblo para él dirigir su caballo hacia el molino. Varios niños salieron en tropel corriendo a su encuentro por el camino. Eran sus sobrinos que se habían percatado de su presencia por el ladrido de los perros, y salían a recibirle.
Andrés Castillo era un joven, gallardo y apuesto soldado que gozaba de la protección y confianza de D. Hernando, bajo cuyas órdenes se encontraba en Flandes, y que había intervenido en varias campañas en la guerra que nuestro señor el rey Felipe IV mantenía en aquellos territorios, siendo su última participación en el asedio y rendición de la plaza de Breda, cuyas llaves fueron entregadas al marqués Ambrosio Spínola, bajo cuyas órdenes estaba D. Hernando.
Al llegar al molino, sus dos hermanos y las mujeres de ambos salieron a recibirle, avisados por los gritos y alboroto de los niños que anunciaban la llegada. Tras el efusivo saludo familiar de los hermanos, las cuñadas y de toda la prole, los niños acorralaron a su tío, admirando la reluciente pistola al cinto, la daga y la espada de ancha cazoleta, y asediándole a preguntas sobre sus aventuras. Por la noche, tras la cena, los niños escucharon embelesados sus hazañas por tierras lejanas, hasta que a regañadientes obedecieron marcharse a la cama.
El día siguiente lo pasó Andrés ayudando a sus hermanos en las tareas del molino (propiedad de D. Hernando). Al terminar la faena se bañó en el agua cristalina del río que bajaba de Cazorla y recogía aguas del Cañamares en Nubla, y que servía para mover el molino. Se puso su mejor ropa, con su golilla blanca almidonada, sus botas limpias, ajustándose por último su pistola y espada al cinto antes de salir. Montó su caballo y se dirigió al pueblo. Poco había cambiado desde la última vez que estuvo por sus calles, y eso le daba confianza al conocer el terreno que pisaba. Fue reconocido por varios vecinos, y alguna que otra moza, conforme pasaba por las calles. Paró ante una pequeña casa de las afueras del pueblo, casi al final de la calle Santísimo, descabalgó y ató las riendas del caballo en la argolla de la pared. Entró en la casa sin llamar, pues quería sorprender a su madrina María Teresa, y en parte lo consiguió, pues ella ya sabía que el conde de Garcíez se encontraba en la Casa Grande desde la tarde anterior. María Teresa era una persona muy querida y conocida en el pueblo, pues había ayudado a nacer a casi todas las personas jóvenes que ahora vivían en el pueblo, y durante muchos años trabajó en la Casa Grande. Madrina y ahijado se abrazaron y besaron emocionadamente, mientras unas lágrimas de alegría, que no pudo ni quiso contener, resbalaban por las mejillas arrugadas de aquella mujer. Andrés fue contando a su madrina todo lo que sabía a ella le encantaba escuchar. Para el final había dejado dos sorpresas: un hermoso pañuelo de encaje confeccionado en la mismísima ciudad de Gante, en la que había nacido el emperador Carlos el primero, y la otra era comunicarle que su corazón latía apresuradamente cuando se sentía mirado por los verdes ojos de una mujer. María Teresa quiso conocer la gracia de la persona afortunada y le preguntó por su nombre.
- "Se llama Ana. Es la hija de D. Hernando."
Al escuchar su nombre, María Teresa se ruborizó y sintió un agudo dolor en el pecho. ¡No podía ser! Otra mujer cualquiera menos ella. ¡Ella no! Dios mío; con la cantidad de mujeres que habrían dado su vida por estar casadas con él, y Andrés había puesto sus ojos precisamente en ella.
- "Ven, siéntate junto a mí - dijo ella cogiéndole la mano y mirándole con tristeza.- Tengo que contarte un secreto, que nunca tendría que haberte dicho ni a ti ni a nadie. Y sé que te haré daño, pero es mejor que callar - sus palabras tardaban en salir por su boca, mientras sus manos sujetaban y acariciaban las de Andrés.
- "Verás, me parece muy bien que quieras a Ana, y tienes que quererla aún más, pero no como la quieres ahora. Tienes que quererla como a una hermana, pues ella es tu hermana. Andrés no quería creer lo que estaba escuchando, pero sabía que aquella mujer nunca podía engañarle, que le estaba diciendo la verdad.
-"Cuando tú naciste, ella vino contigo al mundo. Tu madre sabía que dos bocas más era mucha carga para tu padre en aquellos años tan difíciles, por lo que me la confió para que la dejase en alguna casa con posibles, sabiendo que yo trabajaba en la Casa Grande y que los condes no tenían ninguna hija. Varios años después unas fiebres se la llevaron, no sin antes hacerme prometer que guardase el secreto hasta donde pudiera, más bien por tu hermana que por otra persona. Tu padre nunca lo supo, pues en el momento de nacer estaba fuera y mi hija Teresita fue la encargada de ponerla a la puerta de la Casa Grande y llamar para que la recogiesen, como así sucedió. Yo te he ido criando a ti, y a ella cuando los condes venían; he procurado enseñaros las mismas cosas buenas a los dos."
Andrés contó a sus hermanos lo que su madrina le había dicho y dibujó una cruz granate al lado de la puerta principal del molino, con ocho puntos alrededor: dos sobre el travesaño representando a sus padres, y seis por debajo, uno por cada miembro de aquella familia, para recordar siempre que entre ellos había otra persona con la que aquella familia tenía que compartir el amor y los buenos deseos.
Varias semanas después, D. Hernando de Quesada y Hurtado de Mendoza, conde de Garcíez y XIII señor de Santo Tomé, partió acompañado por Andrés hacia las guerras de Flandes.
Varios años después Ana se casó y tuvo una niña a la que puso por nombre Andrea María de la Esperanza.
Las crónicas no cuentan nada sobre Andrés posterior a esto, pero la cruz granate pintada en la fachada principal, junto a la puert

El caballo blanco de Santiago (Santiago de Calatrava, Jaén)

Cuenta la tradición que vivía en Santiago de Calatrava un labrador llamado Francisco Rubio, que servía en la finca de un poderoso hacendado llamado Laureano Zumaquero. Coexistían en Santiago de Calatrava dos facciones enfrentadas,y el campesino Francisco Rubio fue acusado por una vecina de la villa llamada Lorenza, de la que desconocemos otros datos, de haber quemado los almiares de Laureano. Francisco Rubio fue detenido y conducido a Martos, donde fue condenado a morir en la horca. Alegando inocencia Francisco pidió a los jueces permiso para volver a Santiago donde tenía las pruebas que lo absolverían. Se le dio indulgencia por tres horas; si al cabo de este tiempo no retornaba con las pruebas de su inocencia, la justicia lo buscaría para ahorcarlo. Francisco Rubio inició el camino andando, pues no tenía ningún otro medio de locomoción , y cuando arribó a Santiago estaba totalmente agotado; después de recoger unos documentos que necesitaba quiso cumplir su palabra ante los jueces, pero las fuerzas le fallaron y Francisco se sentó en la vereda del camino, exhausto, dándose cuenta que jamás podría estar en los tribunales de Martos en el tiempo señalado. Viéndose perdido se encomendó a San Sebastián, de quien era ferviente devoto (no es de extrañar si esta devoción tiene en la villa una antigüedad de casi 400 años), pidiéndole fuerzas para cumplir su compromiso. Entonces se le apareció un caballo blanco, que lo llevó volando hasta el juez mucho antes de cumplirse el plazo de la hora fatal.
El caso produjo un gran revuelo. Francisco Rubio pudo demostrar su inocencia, y Lorenza, arrepentida negó sus acusaciones. Francisco quedó libre de todos los cargos. En acción de gracias mandó edificar una ermita en el lugar donde ocurrió el milagro dedicada a San Sebastián, que se conservó hasta los días que cuenta el sacerdote F. Bruno. Éste dice también que fue construida la ermita en el solar que ahora ocupa el Colegio Público Santiago Apostol, el cual guarda una escultura de San Sebastián.

Lucía (Santiago de Calatrava, Jaén)

Siendo el rey de Castilla Enrique IV, los moros de Granada hicieron varias incursiones sobre el Santo Reino de Jaén, talando los campos y desolando los pueblos a sangre y fuego, con mucho daño de personas y haciendas. Las correrías de los musulmanes flagelaban los poblados , incordiaban a sus moradores y amenazaban las murallas cristianas de la frontera. En una de ellas, los nazaries hicieron presa de una gran multitud de cristianos, llevándolos consigo a Granada como mercancía de esclavitud.
En la cuerda iba Lucía, una hermosa cristiana de cabellera rubia y de ojos azules. Vivía Lucia hasta la fatídica hora de su apresamiento en la Encomienda de la Peña de Martos. Llegado el contingente humano fue vendido. Un moro rico la compró y la violó; fruto de este vil acto Lucía quedó embarazada. La joven lloraba por no poder cristianizar al futuro niño y en el absoluto desamparo que quedaba postrada en el harén y alejada de su patria. Parió un hijo sano. Y una noche en la que aún convalecía del parto Lucia se adormeció y soñó que la mismísima María Santísima la tomaba en sus brazos con el niño en su regazo y la transportaba etéreamente hasta el Altar Mayor de la iglesia que había sido profanada de la Villa de Santiago de Calatrava: la bella señora la invitó a ofrecer su retoño al altar, y apareció Jesucristo ataviado con túnica talar y bautizó al niño. Sacándolo de la pila bautismal, la Madre de Dios, le impuso al niño el nombre de Mariano. Lucía se confortaba así en el sueño, pero cuando la joven madre desertó pudo darse cuenta que se encontraba realmente en la planta del templo de Santa María de la villa que la vio nacer.

Cueva de Tíscar (Quesada, Jaén)

Cuentan que la Virgencita cobró pronto el afecto y la veneración de los lugareños por las bendiciones que prodigaba entre ellos. Pero llegaron después los árabes y, aunque durante siglos no se atrevieron a tocar la talla y a terminar con la devoción, dicen que terminó cayendo en el olvido. Con todo y comenzado el siglo XIV, el rey moro de la zona, Mohammad Abdón, encontró un día la imagen en la llamada Cueva del Agua, o Gruta de las Maravillas, y la lanzó reiteradas veces río abajo, las mismas que la talla volvió a aparecer en la cueva.

jueves, 2 de abril de 2020

Origen del nombre (Peal de Becerro, Jaén)

Hace muchos años vivía en esta localidad un rico hacendado, que viendo llegar sus últimos momentos en este mundo, pensó que hora era de agradecer en vida a los que le habían ayudado a llevar una agradable y placentera existencia.

En sus últimas decisiones pensó recompensar con su generosidad la fidelidad de uno de sus más fervientes servidores. Su legado consistiría en donarle tanta tierra como consiguiera abarcar éste con la piel, “peal” de un becerro cortada en tiras, lo cual hizo.

Quedando este motivo simbolizado en el escudo municipal de la actual localidad de Peal de Becerro.

miércoles, 1 de abril de 2020

Aparición en el cortijo de los Nevazos (Noalejo, Jaén)

En un cortijo (hoy en día en ruinas) llamado Cortijo Los Nevazos y que pertenece a la localidad de Noalejo, vivía José Lara Villares con su mujer María. Tenían seis hijos, era una familia muy pobre, como tantas otras en aquellos tiempos.
      Un día del mes de junio, estaba José en una huerta que tenía detrás del cortijo, vió un hombre llegar y le dijo: Buenos días! y el hombre le contestó: entre usted conmigo que le voy a arreglar la sartén. José se quedó pensando como sabía el hombre que tenían la sartén de hacer el queso rota; le sacó la sartén, a lo que el hombre, de una capacha de esparto que llevaba sacó unas tijeras muy pequeñas y le cortó todo el fondo alrededor, pidió que le dieran una chapa de lata y un clavo camero, de la chapa cortó una pieza justa para el fondo de la sartén y el clavo lo dividió en siete piezas o trozos, con un martillo dorado muy pequeñito que tenía, las hijas de José que estaban allí se reían de ver las dos herramientas tan pequeñas, y el hombre les dijo: !Niñas se de lo que os estáis riendo, del martillo y de las tijeras que tengo! !Este martillo y estas tijeras me las dejó mi padre a mí que era carpintero y con lo que ganaba en la carpintería nos mantenía a mi madre y a mí! Con los clavos remachó la chapa y arregló la sartén, después le dijo a José: !Venga usted conmigo! Ambos salieron a la puerta del cortijo y se sentaron, la sartén tenía el rabo torcido y el hombre sólo con tocarlo lo puso derecho. Volvieron dentro de nuevo, y les dijo a las niñas que probaran la sartén a ver si estaba arreglada, estas la llenaron de agua y por cada trozo de clavo, que tenía puestos, que eran siete, se salían siete chorros de agua, bueno, dijo el hombre, vamos a hacer una prueba que hacía mi padre, tenéis que echar ¾ de litro de agua y tres puñados de ceniza y la ponéis a hervir en el fuego. La sartén quedó arreglada y ya no se volvió a salir. Las muchachas le preguntaron al hombre que tenían que darle, y este les dijo que sólo quería un poco de agua y un pedazo de pan, ellas le dieron el agua y le contestaron que no tenían pan, pues su madre había ido al pueblo a comprarlo y aún no había regresado. Le dijo pues al padre que le enseñara la vereda que conducía a Cerezo Gordo (otro cortijo), el lo acompañó y el hombre emprendió el camino. Pasados unos minutos, el hombre volvió de nuevo, entró en el cortijo y le preguntó a José: ¿Mire usted a ver si me dejo algo?, miraban y no veían nada, salió a la calle y volvió de nuevo a entrar haciendo la misma pregunta, repitiendo lo mismo tres veces y después dijo: !Es que, mire usted, me suelo dejar cosas olvidadas y no es fácil volver más por aquí! Salió del cortijo y se fué por el camino que le había indicado antes José, dejando detrás de el un gran resplandor. Al poco rato, llegó la madre, María que venía del pueblo, con el pan y la compra, sacó las cosas y se pusieron a comer. La mujer no hacía más que mirar a José, este tenía una camisa blanca, y le dice: !José que tienes unas letras ahí! (Maria sabía leer un poco), pero se acercó a ver y no supo leer lo que decían. Llevaron pues la tela al obispo de Jaén, quien les comentó que era latín, y que la traducción al castellano era: “VEN A MI MÁRTIR, CON CRISTO TRATAS, DELANTE DE TÍ ESTÁ”.
      María y José guardaron las letras y la sartén; iba pasando el tiempo y la gente le pedía la tela cuando algún familiar se ponía enfermo, y algunos de vez en cuando cortaban una letra, es lo que me cuenta mi padre (nieto de José), pues la última vez que el vió la tela, faltaban 4 ó 5 letras. ¿Dónde se encuentran la tela y la sartén? José se hizo muy mayor y María murió, entonces este pasaba sus últimos días unas veces en casa de una hija y otras temporadas con otra pero siempre llevaba junto a él las dos cosas. Murió en casa de una de ellas, la cual las guardó hasta que esta también se fué, pasado el tiempo, se encuentran en poder de una de las nietas (prima hermana de mi padre), con lo cual, quien relata esto es la biznieta de José.