martes, 7 de abril de 2020

El milagro del campanario (Villacarrillo, Jaén)


Ocurrió el día 8 de Mayo de 1902, cuando Luis José Ramírez Martínez de 11 años de edad, ejerciendo de monaguillo y repicando las campanas de la Iglesia vandelviriana, fue despedido violentamente hacia la parte exterior del mismo, sobreviviendo de una caída de más de 30 metros de altura, siendo considerado un “milagro” tanto por las crónicas de la época como por los vecinos de la localidad, al ser ese día el de la “Asunción”. 

Placa en la torre de la Iglesia (Autor: Toni Pérez)

La leyenda dice que murió muchos años después al caerse de un burro, aunque una publicación reciente (RUBIALES GARCÍA DEL VALLE, 2014) nos afirma que no fue así, puesto que murió a los 63 años de edad por una parada cardíaca (Luis José Ramírez Martínez nace en Villacarrillo el día 12 de Marzo de 1891 y fallece el día 22 de Abril de 1954, también en Villacarrillo). 

Castillo de Giribaile (Vilches, Jaén)

Existen muchas leyendas sobre los castillos de Giribaile, pero aquí contaremos la más popular. La cuentan nuestros abuelos y sigue cautivando como la pastora al moro.
En términos de Vilches, entre los ríos Guadalén y Guadalimar, se ubica la meseta que conserva unas ruinas del Castillo de Giribaile. Éstas guardan historias y leyendas de gran belleza. El acceso a éstos castillos es por la carretera de Linares - Arquillos, después de la desviación de Guadalén.
Cuenta la leyenda que un poderoso rey moro tenía una gran pena que le abatía, su corazón era preso de una bella joven que vivía con sus padres y hermanos cuidando de su rebaño. Por ser de religión diferente no querían saber nada.
Paseaba con su caballo orgulloso, mientras entonaba un verso.

De río a río,
Todo es mío,
Y nunca moriré,
De hambre, de sed y de frío.

Pero el amor que sentía por aquella joven, el corazón le oprimía y, cautivo de sus sentimientos, abusó del poder que sus riquezas ofrecían.

Un día acechó a la pastora, que iba al río a lavar, la cogió y la llevó entre gritos y alaridos, y sin piedad ninguna, hasta su castillo.

El padre y el hermano de la muchacha, al enterarse, sólo vivían para acechar al rey moro, que seguía paseando por sus tierras confiado. Un buen día, al rey moro lo atraparon, encerrándolo en una piedra hueca de la que nunca saldría.

Allí murió el rey moro, por su orgullo castigado, de aquello que presumía de sus riscas asomado. Aún se oyen los ecos de los versos entonados:

De río a río,
todo es mío,
Y nunca moriré,
de sed y de hambre y de frío.

El Cristo de Chircales (Valdepeñas de Jaén, Jaén)

Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que el Cristo de Chircales es lo más querido por todos los valdepeñeros. Es el punto de unión del pueblo. Alrededor de Él giran sus fiestas más importantes: la Feria de Septiembre y la Romería de mayo.
Aunque el nombre de Chircales aparece ya en 1.330 en el “Libro de las Monterías” del Rey Alfonso X el Sabio, no sabemos a ciencia cierta desde cuándo es utilizada esta zona como centro religioso.
Es posible que los primeros ermitaños se asentaran en Chircales mucho antes de la fundación de Valdepeñas, concretamente en la “Cueva de los Milagros” y sus alrededores. Lo que si es cierto es que los primeros datos documentados de la ermita de Chircales y de la presencia de ermitaños en ella se remonta a 1.568, prácticamente a la fundación de Valdepeñas. Sobre la presencia del Cristo de Chircales en su ermita, los primeros datos encontrados son del año 1.609. En un inventario se recoge la existencia de “un cuadro grande de un crucificado, que tiene pintado el dicho cuadro y dos imágenes”. De cómo llegó el Cristo de Chircales a su Ermita de Chircales, existen dos versiones.
La leyenda más popular dice que dos pastorcitos entraron en una cueva y, en la oscuridad, observaron cómo colgado de un clavo había un lienzo rollado, que bien pudiera ser tela para uso de trajes de vestir, pero que al desenrollarlo pudieron ver la imagen de un Cristo agónico en la cruz que resultó ser el Cristo de Chircales.
Otra leyenda cuenta que habiendo unos ermitaños viviendo en unas cuevas, que aún hoy se ven, en el citado risco llegó a descansar un arriero que traía paño de venta, deslió un fardo, y entre el paño traía la dicha Imagen y por el favor recibido, manifestando su agradecimiento, les donó dicha Imagen.
Pasado el tiempo, en 1.834 se presentó una epidemia de cólera en Valdepeñas de Jaén y, un grupo de familias, en número de diez, de la calle Sisehace, se ofrecieron al Santísimo Cristo de Chircales si la referida epidemia no entraba en dicha calle, donde estos señores estaban domiciliados. De esta forma, y al no haber ninguna víctima en esta popular calle valdepeñera, se fundó la Cofradía del Santísimo Cristo de Chircales de Valdepeñas de Jaén.

Los Jilgueros (Valdepeñas de Jaén, Jaén)

Corría el verano de 1.952, cuando unos muchachos que jugaban en la Plaza del Pueblo recogieron un nido de jilgueros que había caído de un árbol y lo subieron a la torre del Ayuntamiento para que los «padres» pudieran continuar alimentándolos. Poco a poco, los jilgueros siguieron creciendo y abandonando el nido; todos, menos uno, que fue entregado a un maestro barbero, apodado «Gregorete».
“Gregorete” ató a la jilguera a un cimbel que, en semilibertad, revoloteaba por la barbería. A veces, la soltaba; y fue en una de estas ocasiones cuando, aprovechando que la puerta permanecía abierta, la jilguera se escapó. Poco a poco fue apareciendo el frío que anuncia el crudo invierno valdepeñero, y Baltasar Infante Morales, sastre de 58 años de edad, que veía revolotear por el balcón de su sastrería a la jilguera, sintió pena de que tuviera que dormir en la calle y encargó a su hijo que le tendiera una trampa, y la capturaron.
“Gregorete”, cuando conoció el hecho, dijo a Baltasar que se podía quedar con la jilguera. Tras permanecer un corto período de tiempo enjaulada, un día que el sol brillaba, el sastre Baltasar, dejó en libertad a la jilguera y esperó, con emoción, su regreso. Trascurrieron varios días y cuando se había hecho a la idea de que la jilguera ya no volvería, escuchó un canto que le era familiar: la jilguera volvía a su hogar, ante la alegría del sastre y de sus aprendizas. Desde ese momento, la jilguera entraba y salía de la sastrería a su antojo, revoloteaba por la estancia, se posaba en los cuadros, en el hombro de su amigo, en la mesa de corte… Baltasar -que mantenía largas conversaciones con ella- le recriminaba el que se acercara tanto a las tijeras, mientras cortaba, por miedo a herirla.
Así fue transcurriendo el invierno, con sus continuas entradas y salidas de la sastrería. A veces, cuando volvía y encontraba la puerta cerrada, cantaba apoyada en el balcón, llegando, incluso, a picotear en los cristales cuando no era escuchada. Por las noches solía dormir agarrada a los cables de la luz o en alguna viga del techo. En la primavera de 1.953, la jilguera cambió sus hábitos de entradas y salidas. Las noches las pasaba fuera y, a lo largo del día, hacía diez o quince visitas a su amigo.
La jilguera se hizo popular en Valdepeñas, y su historia era muy conocida en el pueblo; por esta razón, era bastante frecuente ver a grupos de valdepeñeros, junto a la puerta del sastre, observando sus entradas y salidas. La jilguera, sin inmutarse, se posaba y cantaba en la pequeña palometa que el bueno de Baltasar había instalado en la fachada, junto al balcón, donde nunca faltaba agua ni alpiste.
No había finalizado aún la primavera, cuando un día la jilguera no volvió. La tristeza invadió la sastrería. Todos creyeron que había caído en alguna trampa, o que algún cazador había terminado con su vida. Todos, menos el sastre, que -como buen cazador sabía que era la época de celo. Al cabo de 15 o 20 días la jilguera volvió de nuevo, y la alegría se instaló en la sastrería.
Oficialas y aprendizas volvieron a sonreír. La jilguera volvía de su «luna de miel», acompañada por un bello jilguero, que, aunque al principio prefirió esperar, apoyado en los cables de la luz, más tarde también entró dentro de la sastrería, y, junto a la jilguera, picoteó del apiste que Baltasar les ofreció, marchándose a continuación. Así permanecieron durante bastantes días, hasta que, de nuevo, los jilgueros dejaron de visitar la sastrería.
Había transcurrido ya un mes desde su última visita, y Baltasar empezó a aceptar que hubiese ocurrido lo peor. Cuando había perdido ya toda esperanza de volver a ver a sus amigos, estos, nuevamente, se volvieron a presentar; pero, además, ¡acompañados de cuatro lindos jilguerillos! Eran sus primeras crías. La pareja había esperado a que sus hijos pudieran volar para poder presentárselos a Baltasar.
La sastrería fue toda una fiesta. La jilguera, decidida, entró la primera; el jilguero, ya sin titubear, después; los jilguerillos, tras descansar unos momentos en la reja de una casa cercana, a continuación.
Durante ese verano de 1.953, ante la mirada atónita de los vecinos, la jilguera siguió visitando diariamente a su amigo; a veces, sola; otras, acompañada por sus hijos. La prensa se hizo eco de la noticia y la historia de la jilguera se extendió por todos los rincones de España. Una pléyade de poetas visitó nuestra ciudad y, con la jilguera y el sastre como testigos, recitaron bellos poemas.
Desde entonces, Valdepeñas de Jaén también es conocida como Valdepeñas de los Jilgueros.

La Emparedada (Úbeda, Jaén)

Doña Ana de orozco era una señorita de 19 años perteneciente a una familia adinerada en Úbeda, esta chica era considerada como la mujer mas hermosa de la ciudad por lo que muchos hombres la cortejaban, estaba casada con Don Rodrigo, éste no la dejaba salir de la casa por miedo a que un caballero la cortejara y ella aceptara, eso era imposible porque perdería toda su honra.

Un día Doña Ana aburrida de estar todo el día en casa, encerrada en una habitación oscura, se rebeló contra su marido pidiéndole que la dejara salir.

Don Rodrigo preso de los celos y de mil cosas mal, le hizo una serie de preguntas las cuales no tenían sentido, tales como -¿que ha sucedido, quien ha estado aquí?- .

Ella intento explicarle que no había pasado nada pero el obsesionado le dio una paliza y la encerró de nuevo en la habitación oscura de antes pero esta vez, la vistió de monja y la coloco de manera que parecía que rezaba, doña ana no podía moverse de los golpes recibidos así que no pudo hacer nada para defenderse, y para acabar de castigarla le tapo la puerta y la ventana con masilla para que no pudiese salir de allí por toda la eternidad.
Se dice que algunos días se escucha como una mujer llorando reza para que dios la libre de su castigo.
                    

Cerros de Úbeda (Úbeda, Jaén)

Por el siglo XII, cuentan que el rey Alfonso VIII se disponía a apoderarse del pueblo llamado "Úbeda" que estaba en manos de los almohades.                                                  

A las órdenes del rey había un joven caudillo llamado Alvar Fáñez "El Mozo" que tenía como misión el vigilar con su ejército un valle, al sur de la ciudad, con objetivo de cortar la retirada de las tropas enemigas.                                                                     

Alvar Fáñez Una tarde, Alvar Fáñez, sorprendió en un bosque cerca a una bellísima mora de laque quedó prendado al momento.                                                                    

El flechazo fue mutuo y quedaron citados para una fecha próxima en la torre de Fátima. Fue precisamente el día de la cita cuando "El Mozo" recibió la orden de atacar. Ante tan difícil dilema, Alvar Fáñez optó por el amor desatendiendo sus deberes militares.

Cuando al día siguiente el rey enfadado le preguntó que dónde había estado, Alvar mirando distraídamente el horizonte contestó: "Por esos cerros, Señor", sin darse cuenta, de que esos cerros eran inexistentes.                                                                           

Desde entonces, cualquier persona que contesta de una forma un tanto incongruente a lo que se le pregunta, se dice que se sale por los Cerros de Úbeda.

Los juancaballos (Úbeda, Jaén)

Cuentan que en las profundas grutas de sierra Mágina se esconden unos extraños seres conocidos como los “juancaballo”. Sonmitad hombre mitad corcel, malignos, crueles, y no gustan de vivir a la luz del sol. Hubo un tiempo en el que la población de Úbeda estaba tan aterrada con sus sanguinarias correrías que los inmortalizó en la fachada de El Salvador, para exorcizar, así, el miedo y suplicar protección a la divinidad.
Detalle de la fachada de la Capilla funeraria del Salvador del Mundo. La profusa imaginería es obra del escultor Esteban Jamete.
El relieve de los juancaballo está labrado en los contrafuertes de la capilla funeraria que levantó Francisco de los Cobos en Úbeda. En realidad, se trata de la representación de un episodio mitológico: Hércules luchando con el centauro. En la abrumadora fachada de este templo, una de las más ricas del Renacimiento español, convive la iconografía bíblica con el mundo clásico pagano, desarrollando un complejo lenguaje escultórico que alude al honor, a la gloria, al Salvador del mundo y, sobre todo, a la muerte…

Nuestro célebre escritor Antonio Muñoz Molina también se hace eco de la popular leyenda de los juancaballo en su novela El jinete polaco, premio Planeta en 1991: “…En la Sierra vivían unas criaturas mitad hombre y mitad caballo que eran feroces y misántropos y que en los inviernos de mucha nieve bajaban al valle del Guadalquivir exasperadas por el hambre y no sólo pisaban con sus cascos equinos las coliflores y las lechugas de las huertas, sino que llegaban al extremo de comer carne humana. La prueba de que los juancaballos existían, aparte del relato de algunos hombres aterrados que sobrevivieron a su ataque, estaba, labrada en piedra, en la fachada de la iglesia del Salvador, donde es verdad que hay un friso de centauros, de modo que si los habían esculpido en un lugar tan sagrado, junto a las estatuas de los santos y bajo el relieve de la Transfiguración del Señor, argumentaba sonriendo mi abuelo, muy hereje hacía falta ser para no creer en ellos…”