Situada en el centro del río Guadahortuna, sobre terreno llano, se encuentra Alamedilla, uno de los municipios de la provincia donde hubo presencia humana desde la Prehistoria, como así lo demuestran los restos hallados en el cortijo del Hacho. Sobre el origen de su nombre existen dos versiones, ya que por un lado lo relacionan con la abundancia de álamos en la zona -el topónimo habría surgido como diminutivo de alameda- y por otro se cree que el origen del nombre Alamedilla hay que buscarlo en la palabra árabe alminar -torre o mezquita-, transformada en Almenilla para convertirse finalmente en Alamedilla. En realidad, ninguna de las dos versiones está suficientemente documentada.
En compañía de su alcalde pude descubrir este pueblo de la comarca de los Montes Orientales, lugar de paso y posta de la vía Cástulo (Linares) a Acci (Guadix) y donde quedó evidencia de ese pasado en un antiguo establo que se ubicaba dentro del pueblo y por desgracia ya desaparecido. La iglesia de la Anunciación, del siglo XVI, es otro de los atractivos de este pueblo, aunque se encuentra en estado de "emergencia" y, por tanto, en grave riesgo si no se hacen las oportunas obras de mantenimiento.
Pero de lo que se siente especialmente orgulloso este pueblo es de su participación en la construcción del Puente Hacho, obra en la que jugó un papel importante ya que casi todos los directivos encargados de llevar a a cabo el proyecto vivían en Alamedilla.
Cerca del pueblo se halla un paraje natural precioso y muy agreste denominado Piedras de la Solana, de estructura lítica y peculiar orografía, accesible solo por sus extremos. Es una especie de castillo natural, ideal para el refugio de contrabandistas. De su historia y de una leyenda muy conocida en la comarca me habló el primer edil.
La leyenda se sitúa en el ultimo cuarto del siglo XV, cuando Alamedilla y otros municipios de los Montes Orientales se convirtieron en la última frontera, al norte, del Reino de Granada. La situación de estos territorios fue imprecisa y municipios cercanos como Galera y Castilléjar decidieron pasarse al bando cristiano por estar en desacuerdo con la llegada al trono de Muhammad IX tras la muerte de Yusuf IV, abuelo del príncipe almeriense Cidi Yahya al-Nayyar, con quien comienza nuestra leyenda.
Cuentan que un familiar adinerado del citado príncipe almeriense, bien relacionado con los Reyes Católicos, era contrario a su primo Boabdil y había recibido la noticia de que los cristianos iban a iniciar una ofensiva definitiva contra el reino y que para poder protegerse él y a su familia debían viajar cuanto antes a Almería. Ya de camino, portando en mulos y caballos sus propiedades más valiosas, a pocos kilómetros de su casa, fueron asaltados por bandidos, que pasaron a todos a espada y cuchillo. La escabechina fue tan grande y el botín tan enorme, que el propio Boabdil pidió que se investigaran los hechos y se persiguiera a los culpables. Los bandidos fueron pronto localizados y ajusticiados públicamente, pero del botín nada se supo, aunque todo el mundo apuntaba a que podía encontrarse en las Piedras de la Solana.
En junio de 1901, en Haza del Peñoncillo, en la Cortijada de El Peñón, junto a las Piedras de la Solana, la propietaria del haza bajaba como todas las tardes desde hacía más de una semana desde el cortijo con la comida para los segadores, consistente en gazpacho aguado, puchero de garbanzos y algo de tocino. Su marido y su hijo mayor trillaban y aventaban el grano en la era de arriba, mientras ella cargaba los haces que le dejaban los tres segadores que habían contratado y los llevaba hasta la era. Sin embargo, esa tarde sería diferente, ya que Antonia no encontró a los tres segadores. Todo estaba en orden, pero sin rastro alguno de personas. Alertados todos los habitantes del cortijo, dieron una batida de búsqueda, sin resultados. Se avisó también a la Guardia Civil de Alamedilla, que tras investigar el caso lo dio por cerrado al no encontrar signos de violencia.
Nunca más se supo de los tres segadores hasta que en el verano de 1932, en Haza del Peñoncillo, José López, agricultor de Alamedilla, cuando se encontraba con la azada abriendo camino para que el agua de la acequia llegara bien a todos los sitios, vio acercarse a un hombre mayor a caballo. José lo saludó y el hombre a caballo hizo lo propio. Después bajó de la cabalgadura, cogió de las alforjas una bota de vino y ambos bebieron y charlaron durante un buen rato.
José López nunca recordó el nombre de aquel hombre, pero lo que sí quedó grabado para siempre en su memoria es la historia que le contó:
-Mis dos hermanos y yo éramos jornaleros. Huérfanos desde pequeños, nos dedicábamos a trabajar en el campo y en el verano de 1901 bajamos hasta la Cortijada del Peñón para segar. Allí nos cambió la vida para siempre, dijo mientras miraba las Piedras de la Solana. Segundos después siguió con su relato:
-Yo había bajado a la fuente a por agua y cuando subía hacia el haza vi que mis hermanos me hacían gestos con la mano, como si persiguieran algo. Justo en ese momento un cabritillo montés salió de la cebada y pasó junto a mí como un rayo. Solté el cántaro y corrí tras él todo lo que pude, pero cada metro mío eran cinco del veloz animal. No lo hubiera cogido nunca. Sin embargo, lo vi meterse en una especie de cueva, corrí hasta la entrada de ella y esperé a que llegaran mis hermanos. Más que una cueva parecía un agujero. Decidimos penetrar en aquella gruta con la esperanza de que el animal estuviese allí escondido y ascendimos hasta llegar a una especie de sala ovalada muy poco iluminada. No encontramos ni rastro del animal, aunque algo nos llamó la atención. Todo el suelo era de roca, pero en el fondo de la cueva había sobre el suelo una especie de entarimado de madera. Lo pisamos y la tarima cedió, atrapándome el pie. Lo saqué con cuidado y empezamos a retirar las maderas, dejándonos sin respiración lo que encontramos bajo ellas. Allí había vasijas y platos de oro y plata, cofres llenos de monedas de oro, joyas con piedras preciosas y muchas cosas más. Nos asustamos al ver todo aquel tesoro y nos escondimos dentro de la cueva, esperando hasta la madrugada. Salimos con todo lo que pudimos cargar en nuestras camisas a modo de sacos y antes del amanecer fuimos río abajo hasta Alicún de Ortega. Allí compramos tres mulos y tres caballos con parte de una vajilla de plata. Cargamos todo lo que llevábamos en las alforjas y nos fuimos lejos para no levantar sospechas. Después de un tiempo prudencial decidimos volver a la cueva para tratar de llevarnos el resto del tesoro, que era mucho, pero por más que buscamos la entrada a la cueva jamás la encontramos. Fue entonces cuando optamos por repartir lo que sacamos la primera vez y cada uno hizo su vida.
El hombre volvió a mirar a la zona de la Solana y un largo suspiro se le escapó de sus labios resecos: ¡Y allí sigue el tesoro de Las Piedras de la Solana!
lunes, 6 de mayo de 2019
viernes, 3 de mayo de 2019
Piedras en la abadía de Sacromonte (Granada)
Cuenta la leyenda que en la abadía del Sacromonte existen dos piedras con un poder tal que marcarán nuestra vida amorosa: ¡cuidado! para bien, o para mal.
Al contacto con la piedra negra el visitante encontrará a su media naranja en el transcurso de un año. Por el contrario, el contacto con la piedra blanca producirá como efecto que nuestra pareja actual desaparecerá para siempre de nuestras vidas. ¿Con cuál se quedan?
El chino especulador (Granada)
Más simpática es la anécdota que se contaba en las cafeterías cercanas al Hospital Clínico. Conforme se iban conociendo los detalles de su traslado al PTS, el futuro del gigantesco edificio en pleno centro de la ciudad pareció comenzar a suscitar el interés de vecinos y ciudadanos del gigante asiático.
Así, según se cuenta en esta leyenda urbana que parece más bien un chiste, cierto día miembros del personal del centro vieron a un hombre de esta nacionalidad pasear por las distintas plantas el hospital. Aseguran que lo 'cazaron' observando con aire perdido todas las salas y estancias del edificio.
Fue entonces cuando uno de los médicos se le acercó para preguntarle: ¿Tiene algún problema, señor? Soy médico del Hospital, ¿necesita algo?. El chino se giró hacia el profesional y con gesto sonriente le respondió, no se preocupe señor, sólo estaba viendo el local.
Fantasmas en el Hospital Materno Infantil (Granada)
Una historia poco conocida por las personas nacidas a partir de los noventa corrió de boca en boca durante la segunda mitad de los años 80 por Granada. Sus protagonistas tenían nombre y apellidos y pocos dudaban por aquel entonces de su veracidad.
Todo comenzó una tarde de verano en 1985, cuando una enfermera llamada Elena de Teresa se encontraba en la recepción del Hospital Materno Infantil. Una joven, con el rostro pálido y apariencia nerviosa, se acercó a la ventanilla para pedir información acerca del estado de su madre, la cual acababa de ser operada de un tumor. La enfermera le dió un pase y le indicó la habitación en la que se encontraba.
A los pocos minutos, la muchacha regresó a la ventanita y solicitó hablar con el médico que atendía a su madre. Elena entonces localizó mediante el busca a Alicia, la anestesista, que se dirigió enseguida al encuentro de la familiar y la acompañó escaleras arriba hacia la tercera planta.
A los 10 minutos, la joven reapareció en recepción, repitiendo que quería hablar con el médico que atendía a su madre. Elena, extrañada llamó de nuevo a Alicia. Ella se disculpó diciendo que no había podido atenderla porque debió atender una cesárea urgente, pero que no se preocupara,porque la tenía delante y enseguida la atendería.
Elena, sorprendida, le respondió que era imposible porque estaba abajo con lla. Ambas bromearon y la anestesista decidió dejar a la enigmática muchacha en la sala de espera con la llave echada y pedir a Elena que le enviara a la supuesta joven que estaba con ella. La chica subió entonces por las escaleras con un nuevo pase, pero nunca llegó al encuentro de Alicia, que cansada de esperar decidió llamar a Elena. Cuando le confirmó que hacía unos minutos que había subido las escaleras, abrió la puerta de la sala de espera que seguí con la llave echada y comprobó que la mujer que había dejado encerrada había desaparecido.
Ambas llamaron asustadas al celador, que recordaba perfectamente los rasgos de la muchacha, por lo que los tres recorrieron el hospital desde la séptima planta hasta el sótano, para buscarla sin éxito.
Días después, la señora operada del tumor fue enviada a planta y Alicia, picada por la curiosidad, se decidió por hacerle una visita en la habitación, donde también estaban el marido de la mujer y uno de sus hijos. Sobre la mesita había una foto de la misteriosa muchacha. Cuando Alicia preguntó por ella le confirmaron que se trataba de la hija de la paciente, a lo que les contestó que menuda broma les había gastado a ella y a una enfermera el día de la operación.
La reacción de los dos varones fue espontánea y casi violenta. La sacaron de la habitación a empujones. Según el hijo le confirmó, su hermana había fallecido dos años antes en un accidente de tráfico.
El chino roba órganos (Granada)
Esta es una de las leyendas urbanas que más rápidamente creció en la pasada década y que aún hoy siempre hay alguien que vuelve a escuchar, y la da por reciente y real. Lo cierto es que esta historia, que muchos afirman que sucedió en Granada, es contada como sucedida en distintas ciudades. En cambio, algunos se atreven a dar incluso la ubicación exacta del establecimiento en el que se supone que sucedió.
Una pareja de novios caminaba de regreso a casa, cuando al pasar frente a una tienda de comestibles china, la mujer recordó que debía comprar algo. El novio se quedó esperando al otro lado de la calle. Pasaron los minutos y no vió salir a su pareja. Cuando se dirigió al establecimiento, un ciudadano chino se apresuró a echar el cierre de persiana. Éste se encaró con él y juró que en la tienda no ha entrado nadie. El novio consiguió entrar forcejeando y no encontró a su pareja en la tienda, por lo que decidió llamar a la Policía.
Cuando los agentes entraron, comenzaron a registrar el local y finalmente hallaron a la joven en el interior de una habitación camuflada, atada a una silla, semidesnuda, con heridas y evidentes signos de haber sido agredida.
Cuando el chino fue detenido, los agentes consiguieron obtener esta macabra confesión: la chica iba a ser asesinada, para extraerle sus órganos y venderlos en el mercado negro.
La no muerte de Lorca (Granada)
Esta historia que muchos se atreven a dar por cierta en tertulias de salón y corralillos es una de las leyendas urbanas más apasionantes de Granada. Dudosos (por su autenticidad) trabajos de investigación, señalan que la historia y muerte por fusilamiento de Federico García Lorca fue bien distinta.
El periodista Haro Vallejo, que años después de revelar esta historia fue condenado por plagio, afirmaba lo siguiente: "Un panadero encontró al moribundo poeta tras ser fusilado en la cuneta con tres disparos, dos en el cuerpo y uno en la cabeza. Lo llevó malherido al convento de San Bartolomé, donde se recuperó, aunque su mente quedó completamente inútil".
Vallejo agregaba que, rebautizado por las monjas como Manolo, Lorca vivió con ellas hasta su muerte, en 1954. El panadero sólo se dio cuenta de a quién había socorrido cuando en 1976 vio al poeta en una filmación del nodo. Un foto supuestamente auténtica de Haro Vallejo y las monjas junto a una persona muy parecida a Lorca, era para él, la prueba definitiva de la autenticidad de la historia.
Suerte que no encendiste la luz (Granada)
Sucedió hace unos años, en Granada capital (lugar que al que se atribuye este suceso en la mayoría de los relatos), en un piso de estudiantes donde vivían cuatro chicas. Un viernes, dos de ellas se fueron a sus respectivos pueblos a pasar el fin de semana.
De las dos que se quedaron, una decidió irse a dormir al piso de una amiga, por lo que dejó a la otra sola en la vivienda. Llegada la noche, se dio cuenta de que se había olvidado el pijama y volvió al piso a recogerlo. Cuando entró, prefirió no encender la luz para no despertar a su compañera, por lo que cogió el pijama a tientas y se fue de nuevo.
Cuando al día siguiente volvió la policía ya estaba en el piso. Al entrar, vio el cuerpo de su compañera en el suelo tapado con una sábana. En la pared (o un espejo) de la habitación había escrita una frase con pintalabios rojo: SUERTE QUE NO ENCENDISTE LA LUZ.
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