viernes, 9 de marzo de 2018

La Mujer Muerta (El Espinar, Segovia)


Cuando España era todavía ganadera y pastoril, al borde del Guadarrama, donde hoy está emplazada la ciudad de Segovia, había una pequeña cabaña de pastores. Del mismo modo, en torno a estos parajes serranos había otros poblados pastoriles habitados por familias de ganaderos.
De la patriarcal familia que vivía en la cabaña solariega, formaba parte una joven encantadora, que deslumbraba con sus cabellos de oro a los zagales que la conocían. Mientras sus hermanos cuidaban de los rebaños, ella hilaba a la rueca, tejía la lana y confeccionaba prendas de abrigo de su familia. Sus padres la tenían como un don del cielo por las virtudes que atesoraba. Sus hermanos la mimaban con los más exquisitos regalos pastoriles.
Pero un día, el más gentil zagal de la comarca, el que llevaba fama de tener los mejores rebaños fue a visitarla y se expresó de este modo: 
- Te traigo flores y setas. Te regalo este lindo cordero. Y seré el más fiel marido si te casaras conmigo.
La hermosa zagala, al oír por primera vez aquellas palabras amorosas, se puso muy contenta y le contesto: 
- Te agradezco gozosa tus pretensiones, pero tienes que probarme durante algún tiempo que me quieres de veras para que me decida a ser tu mujer.
Conversaron durante largo rato y el joven pretendiente, al despedirse, la prometió que iría todos los días a verla y a colmar sus anhelos con los más ricos presentes a su alcance. Los padres y hermanos de la pastorcita recibieron con inmensa alegría el conocimiento de aquellos amores. En la vida familiar de la cabaña pastoril eran motivos de gozo los comentarios en torno a la felicidad de la joven adolescente. El zagal enamorado iba todos los días a verla cargado de delicados obsequios para probarle la sinceridad de sus pretensiones.
Sus coloquios amorosos transcurrían sin ningún contratiempo para la feliz pareja. Se acercaba ya el día señalado para la boda cuando el feliz enamorado observó que otro gallardo pastor rondaba la cabaña de la zagala de los rizos de oro.
- Le mataré si es preciso antes de que me robe mi felicidad – exclamó para sí con coraje el joven prometido.
Y empezó a vigilar la conducta de su rival para persuadirse de si su novia le hacía traición. El nuevo pretendiente rondaba sin descanso la cabaña de la linda pastorcita y entonaba con su flauta melodías pastoriles para declararla su amor.
Los celos brotaron coléricos en el alma del prometido de la zagala. Temió ser desplazado por su rival. Se figuró que su novia le habría dado motivos al nuevo pretendiente para rondarla de aquel modo tan insistente.
Y un día, ciego de ira, cuando su rival entonaba una melodía pastoril junto a la cabaña patriarcal, se arrojó sobre el mismo y lo dejó muerto de un garrotazo. La linda pastora, que oyó el terrible grito de dolor que dio el agredido al expirar, salió corriendo de su casa y, al contemplar la trágica escena, exhaló una exclamación de horror.
El agresor, loco de celos, interpretó la exclamación de espanto de su amada como su fuera cierto lo que sospechaba su exacerbada fantasía. Entonces, ciego de ira, descargó otro mortal garrotazo sobre la zagala de los rizos de oro, dejándola muerta junto al otro cadáver.
Eran los tiempos en que todavía estaba vigente la costumbre del “ojo por ojo” y “diente por diente”. Los miembros de una familia que habían recibido una ofensa tenían el deber de lavarla con sangre para borrarla. Aquellos espantosos crímenes dividieron a los pastores de la comarca en dos bandos contendientes.
Una delegación de la estirpe ofendida fue a parlamentar con otra de sus adversarios. Separadas por una raya hecha en el suelo se enfrentaron ambas comisiones.
- Os exigimos que nos entreguéis el delincuente – alegaron los agraviados – para imponerle el castigo que merece.
-Si hiciéramos esto, quedaríamos deshonrados para siempre- contestaron los aludidos.
-En este caso, estos campos se teñirán de sangre hasta que caiga en nuestras manos el agresor-
-Si queréis la guerra, guerra tendréis hasta exterminaros.
-¡La guerra!, ¡la guerra! – gritaron con coraje los que habían recibido la ofensa.

Y se declararon solemnemente la guerra sobre la raya marcada en el suelo. Las abruptas faldas del Guadarrama fueron testigos de la espantosa lucha entre los pastores de la comarca en la guerra entablada sin cuartel. Un día al anochecer, cuando más recia era la batalla, después de haber luchado desde el amanecer, sin descanso para retirar los heridos, se desencadenó una terrible tormenta.
Bramaban las crestas del Guadarrama. Temblaba la montaña. Las culebrinas ensortijaban la desnuda naturaleza, estremecida de angustia. Los truenos retumbaban como vozarrones volcánicos. Sin embargo, tan encorajinados seguían los guerreros de ambos bandos, que ni el espanto de aquella horrorosa tormenta, que parecía el anuncio del juicio final, les había hecho cesar en su sangrienta batalla.
De repente cesó la tormenta, se hizo el silencio. Los combatientes se quedaron sorprendidos del fenómeno atmosférico. Y desde las alturas celestiales se oyó una voz que retumbó en las faldas de la montaña:
- ¡Miserables! Vuestras pasiones humanas han convertido estos campos idílicos en tierras malditas.
- ¡Solo ella era inocente! Cesad en vuestra lucha y la linda pastora tendrá una tumba en esta montaña que durará tanto como el mundo.
Al dejarse de oír la voz del cielo se estremeció la tierra, tembló la montaña, se produjeron unos ruidos ensordecedores y en el lugar de la lucha se configuró una enorme mole de granito con la figura de una mujer muerta, que ha perpetuado la memoria de aquel suceso. Es la sierra de “La Mujer Muerta”.
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