sábado, 25 de abril de 2020

Virgen de los Remedios (Murcia)

Dicen que en la Murcia del siglo XVII emergió de las aguas una pesada imagen de la Virgen de los Remedios, y que muchos fueron quienes trataron de sacarla del río sin poder, hasta que los padres mercedarios lo lograron cuando recibieron el anuncio de que debían ser ellos.

Pero esta, aunque interesante, no es la leyenda que nos ocupa. Según reza la leyenda, un joven donjuán iba tras una bella y lozana dama para beneficiarse de sus carnes. Ésta, que veía ya poco efectivos sus intentos por no dejarse caer en las redes del caballero, le hizo prometer ante la mencionada virgen que se casaría con ella si se dejaba besar, a lo que el joven accedió de buen grado.

El tiempo pasó y el joven, lejos de cumplir su promesa, se jactaba por las tabernas de haber retozado con aquella moza sin haber empeñado palabra alguna. Por esta razón, la murciana llevó al joven ante la Virgen de los Remedios y preguntó si era cierta o no la promesa empeñada tiempo atrás. Dicen que la Virgen inclinó la cabeza para confirmar la promesa y desde entonces se la conoce como la Virgen del Cuello Tuerto.

El campanero (Murcia)

Se dice que en Murcia hubo un joven pendenciero que traía a sus padres de cabeza: no gustaba de trabajar, no aprendía ni a hacer la “o” con un canuto, y pasaba el día de taberna en taberna. Desesperados, los progenitores lo llevaron al convento de los dominicos, donde, tras mucho sufrimiento y viéndose expulsado, aprendió el arte de la adulación.

Y tan bien aprendió el arte, que los monjes le concedieron el cargo de campanero en la catedral de Murcia; pero pronto volvió el joven a las andadas y pasaba los días durmiendo las borracheras que cogía de noche, por lo que las campanas de la catedral no sonaban.

Cuentan que, borracho como iba, fue a tañer las campanas; pero, sin que se diera cuenta, una de ellas lo enganchó y lo lanzó por los aires fuera del campanario hasta el tejado de una casa vecina. Al verlo, las gentes pensaron que era obra del demonio, aunque el joven pronto dio explicaciones de lo ocurrido.

Desde entonces en Murcia existe el refrán que dice que “el vino más bueno, para el que no sabe mearlo, es veneno”.

domingo, 19 de abril de 2020

El patíbulo de la perla (Murcia)

Corría el año 1893 y Josefa Gómez era ajusticiada por haber envenenado a su marido y a su criada de 13 años con estricnina, la cual había sido recomendada por un huésped de la pensión que regentaba para eliminar los celos de su marido. Ella, arrepentida, decía que no quería matar a nadie, sin embargo, y a pesar de las peticiones de indulto, fue ejecutada y desde entonces, se cuenta que cada 29 de octubre se escucha en Ronda de Garay a Josefa lamentar su final.

Teatro Romea (Murcia)

A mediados del siglo XIX, en la zona del Teatro Romea se ubicaba un antiguo cementerio que utilizaban los frailes de Santo Domingo. Cuando a estos frailes les fueron expropiados los terrenos, gracia precisamente no les hizo, por ello lanzaron una profecía: el Teatro arderá tres veces, en el primer incendio no morirá nadie, en el segundo fallecerá una persona y en el tercero, nadie saldrá vivo… En un principio, nadie hizo caso a este mal augurio, sin embargo, en 1877 se produjo el primero, que acabó sin tener que lamentar víctimas mortales. El segundo llegó dos décadas después, en 1899 y murió una persona, tal y como contaba la profecía… El tercero aún no se ha producido, pero debido a la leyenda negra que se respira por los pasillos del Romea, en todos los eventos se dejan sin vender una o dos entradas…

viernes, 17 de abril de 2020

Abuela Santana (Villarrodrigo, Jaén)

Cuenta la tradición de Villarrodrigo que la pequeña imagen quemada de la abuela Santa Ana, no podía salir de la iglesia, estaba allí recluida de por vida. El fuego (posiblemente del incendio de principios del siglo XVII que quemó toda la iglesia menos el campanario o cualquier otro incendio) había convertido a la abuela Santa Ana en una imagen negra. Para las abuelas una imagen adorable y querida, para los niños una imagen de temor y miedo.

Cuentan que en la Guerra Civil los milicianos llegados al pueblo no se atrevieron a sacar de la iglesia a la pequeña imagen, para hacer de centinela. Otros cuentan que fueron los vecinos y las autoridades republicanas locales los que lo impidieron para cumplir la tradición o por temor a la leyenda.

- Pepe (el sacristán de la iglesia) ¿por qué no podemos sacar a la abuela Santana de la iglesia?.

- Por las tormentas. Y no me preguntes por más detalles.

¡Qué delito cometió la pequeña imagen para ser castigada con la prisión permanente (no revisable)! (en términos de hoy). Pasó incendios y hasta una guerra civil y siguió la pobre cumpliendo su condena.

Nos vamos al 10 de diciembre de 1575, día en el que se redacta en Villarrodrigo las Relaciones Topográficas mandadas por Felipe II.

53.- Al Capitulo cinquenta y tres dijeron que en esta villa se tiene de costumbre y por voto del pueblo que  se guarda el día de Nuestra Señora Santa Ana, y el día del Señor San Luis, y el día del Señor San Agustín, é que han oído  que San Agustín se votó por la langosta que había; y el Señor San Luis se votó por pestilencia, y a Nuestra Señora Santa Ana se votó por que un día yendo a trabajar en su día, yendo a trabajar su día cayó un rayo, é mató á un hombre.”



- Pepe, mira lo que dice este documento, que en el día de Santa Ana, un rayo de una tormenta mató a un vecino cuando iba a trabajar.

- ¡Hay que ver cómo son las cosas!

Pero un día, al cura de turno se le ocurrió vender aquella imagen pequeña, negra y quemada a un anticuario. (Pepe, qué disgusto más grande). Imagen que no tenía ningún valor material, pero sí espiritual y de leyenda.

La imagen al fin fue amnistiada y desapareció aquel hechizo de más de 400 años, celosamente guardado por nuestros antepasados. Sin la presencia de aquella imagen la leyenda quedará perdida para siempre.

(Gracias Pepe, por tu celo en preservar el Archivo de la Vicaría que encontramos en una hornacina del campanario. Tras de ti el caos y la confusión, los papeles vuelan).

Fantasmas de los baños árabes (Villardompardo, Jaén)

Los conocidos como los “Baños del Niño” (Hadman al Walad) del siglo XI se encuentran en los bajos del palacio de Villardompardo que mandó edificar a finales del siglo XVI Fernando de Torres y Portugal, primer conde de Villardompardo y virrey del Perú. Permanecieron ocultos hasta que fueron descubiertos en parte por Enrique Romero de Torres en 1913. Tras declararlos Monumento Nacional se pasó a restaurarlos, labor que realizó el arquitecto Luis Berges Roldán, descubriéndose la mayoría de las salas enterradas y acabando las obras en 1984; su gran trabajo mereció el prestigioso premio “Europa nostra”. Estos baños árabes son los más grandes de España y uno de los mejor conservados, siendo visita ineludible para todos los jiennenses y turistas.



Se supone en la ciudad que fue el rey moro Alí el que construyó estos baños y que murió asesinado en ellos, a pesar de que la biografía de este personaje esté poco clara. Gonzalo Argote de Molina (finales del s. XVI) en “Nobleza de Andalucía” nos relata la historia-leyenda de Alí:
“En los años luego siguientes aunque la Historia General dice en el año 1022, siendo rey en Córdoba Alhatán, cuenta la misma historia que le hizo la guerra un poderoso moro llamado Alí y que habiéndose dado en aquel año la batalla el uno al otro, Alhatán fue vencido y Alí vencedor, fuese a Jaén con todos los suyos donde lo recibieron por señor. El cual reinando quieta y pacíficamente, estándose recreando en unos baños que había hecho, entraron dentro del baño unos eunucos vasallos de Alhatán y lo mataron allí…”
Aunque teniendo en cuenta otras fuentes históricas parece ser que el rey Alí fue en realidad Alí ben Hammud, primer califa no omeya de al-Ándalus, trono al que había llegado por medio de una traición que culminó degollando él mismo al califa omeya Sulaymán al-Musta’in en 1016. Al poco tuvo que enfrentarse con el antes aliado Jayrán por el dominio de Almería y Jaén, y murió asesinado en 1018 en los baños del Alcázar de Córdoba en manos de unos siervos pagados por Jayrán, quizás formando parte de una conspiración de los seguidores de los omeyas.
Como vemos, seguramente la historia real fue al contrario de lo que dice la leyenda, con lo que el rey Alí murió asesinado en unos baños de Córdoba por unos esclavos sobornados por un reyezuelo rival de Jaén.
¿Y cómo murió Alí según la leyenda? Se dice que estaba recreándose en los baños a esto de las doce del mediodía cuando entraron tres enemigos y, mientras uno cerraba las puertas, otro hacía lo mismo con las ventanas del techo (lucernas) clausurando las salidas, mientras que un tercero avivaba el fuego de la caldera, con lo que se dirigía mucho más caudal de aire caliente al entramado de conductos que hay bajo el suelo, de tal modo que la temperatura aumentó tan considerablemente que el pobre Alí se puso a sudar y a sudar hasta que no le quedó gota de sudor, muriendo. Es por eso que su fantasma se siente a esa hora concreta y absorbe la energía de los visitantes.


Otra versión dice que estando en la sala caliente le sorprendieron los eunucos fieles a Alhatán y le dieron unos espadazos que lo dejaron malherido, y, siguiendo una costumbre musulmana, le dijeron donde quería ser rematado para morir, eligiendo Alí una de las columnas de la sala templada contigua, y allí mismo en efecto fue rematado y murió. Hay personas sensibles que dicen que una de las columnas en la bella sala templada emana calor e incluso cierta energía positiva, precisamente la columna junto a la cual la leyenda dice que el rey Alí eligió morir. En cambio, de la sala caliente, la que está junto a las calderas, se considera que emite energía negativa.
Estando de visita por los baños, muchas personas se han sentido mal, con pocas fuerzas y algunas hasta casi se han desvanecido. Se han experimentado bajadas bruscas de temperatura, y además alguna vez, sin motivo aparente, se han descargado baterías de móviles o cámaras, o se han velado películas fotográficas. Es decir, estaríamos ante casos de pérdida de energía en personas y máquinas debido a la presencia de algún/os espíritu/s de bajo nivel o/y por ser un lugar con energía negativa, aunque hay zonas, como la sala templada o por lo menos parte de ella, donde la leyenda relata que murió Alí, que se considera con energía positiva.
Se suele pensar, por tanto, que el fantasma del rey Alí es el que vaga por el edificio, sobre todo por la sala templada de los baños y a la hora del “Ángelus”, las doce del mediodía, cuando la leyenda dice que murió, absorbiendo la energía de sus visitantes, aunque otras veces no han sentido eso los pocos testigos que han podido ver al fantasma… porque sí, se le ha visto, aunque siempre ha sido con tal naturalidad que no se ha sospechado inicialmente que fuera una aparición espectral. Quizás el caso más destacado fue aquel en el que hace unos años unas mujeres veinteañeras que visitaban los baños formando parte de un grupo, estando en la sala caliente vieron como un hombre vestido con una especie de túnica o bata larga hasta los pies pasaba repetidamente por delante de la puerta de esta sala en donde estaban, es decir, que el misterioso hombre estaba en la sala templada, y las miraba vigilante, pero las chicas al cruzar la puerta y asomarse para ver quién era, no veían a nadie, con lo que el miedo empezó a apoderarse de ellas y la inquietud en el resto del grupo con lo que contaban; para rematar el extraño suceso, cuando el grupo ya se disponía a terminar su visita e iban saliendo de la sala templada, de repente se apagaron las luces quedando casi a oscuras, imagínense la escena de pavor, nervios y casi histeria que se originó hasta que el guía que lo acompañaba fue hasta el lugar donde estaban los interruptores y volvió a dar la luz; seguidamente el guía preguntó al personal que trabajaba allí y que estaban en el palacio, encima de los baños, el motivo de apagar las luces, pero todos dijeron y casi juraron que nadie había bajado hasta los baños y menos aún habían apagado las luces en un momento en el que decenas de personas estaban visitándolos… ¿quién fue entonces? Muchos pensaron con un escalofrío que había sido el extraño hombre, quizás era el mismísimo rey Alí, que se había dejado ver por esas chicas mostrando impaciencia, y que fue él quien apagó las luces “invitando” a los visitantes a que abandonaran sus baños cuanto antes.
Sea cual sea la identidad de la presencia fantasmal y aparte de que se hayan dado muy puntualmente casos como el narrado más arriba, lo cierto es que el lugar en general provoca sensaciones extrañas a una significativa proporción de las personas que lo visitan o que trabajan allí aunque no lleguen a ser testigos de un hecho paranormal. Se puede achacar que esas sensaciones son debidas a que los baños son una construcción subterránea, con lo que ello conlleva de humedad, temperatura, etc., pero esas sensaciones van claramente más allá de lo normal… Sentirse observado, incómodo, destemplado, es algo relativamente habitual, a muchos turistas le ha pasado, llegando a casos extremos de desmayos como ya se ha dicho, y a algunos miembros del personal que trabaja allí por supuesto que también, ellos son los que más saben de la extrañeza del edificio pues son los que más tiempo pasan allí. Es una pena que la normal discreción con el asunto se haya convertido más bien en un estúpido tabú debido principalmente a ciertas órdenes de “arriba”; en otras latitudes el tener fama de lugar encantado se considera un valor atractivo y turístico, en cambio aquí, como en tantos otros sitios de nuestro país, parece ser un motivo de descrédito, una mancha que hay que ocultar.


Pues se quiera o no, los fenómenos están ahí, y no se limitan a los baños árabes sino que se extienden por todo el edificio que era el antiguo palacio del conde de Villardompardo, el cual a partir de 1751 se convirtió en el Hospicio, al que se le sumó luego también la Casa Cuna y Maternidad, y que ahora, tras una buena labor de restauración, acoge el Museo de artes y costumbres populares, y el Museo de arte Naif. La casa palaciega es grande, con muchas salas, escaleras y recovecos de sabor antiguo que se disponen alrededor de un bello patio renacentista.


Un susurro por una escalera, un objeto del museo que se mueve levemente en alguno de los salones, una sombra que cruza un pasillo, un rostro que durante un instante se asoma desde una ventana a uno de los pequeños patios… y todo ello sin que haya nadie… los visitantes al palacio son escasos, algunas veces nadie anda por sus viejas habitaciones y solo el vigilante permanece allí...


Como aquella vez que fiel a su trabajo permanecía un vigilante de sala sentado leyendo el periódico esperando la hora del cierre que ya estaba cercano; un hombre vestido con colores oscuros discretamente pasó frente a él con lo que apenas si lo miró; el hombre se había metido en una sala del museo y pronto la hora de las visitas llegó a su fin con lo que el trabajador se dirigió hacia ella para avisar al visitante que tenía que ir abandonando el edificio, pero allí no había nadie… y de la sala solo se podía salir pasando de nuevo por delante del puesto del vigilante. ¿El espectro de Fernando de Torres y Portugal, conde de Villardompardo? ¿Alguno de sus descendientes? La tradición y testimonios actuales no dicen o aclaran nada al respecto, puede ser no uno sino varios los fantasmas que estén en la casona palaciega, han sido tantas las personas que han vivido allí a lo largo de los siglos…

Potenciana de Villanueva (Villanueva de la Reina, Jaén)

El tiempo borró los detalles de su biografía y comenzaron a elaborar leyendas que quería explicarla de una manera más «heroica». Se conservaba el sepulcro y la memoria que había sido una tejedora pobre que vivía cerca de la iglesia. Al vivir voluntariamente recluida y sin salir de su cámara era, como se llamaba entonces, una «emparedada».3​ Con el tiempo, el término se interpretó mal y se pensó que Potenciana había muerto martirizada y que había sido emparedada expresamente para que muriera. La leyenda trasmitida del martirio, para hacerlo posible, trasladaba la santa a épocas remotas y bajo el dominio musulmán, de manera que tuviera lógica esta muerte: así, se situaba en el Califato, hacia los siglos IX-X, o más tarde, pero antes de la conquista cristiana.
Así, la versión popular dice que era una joven tejedora de época mozárabe y que, para no renegar de su fe cristiana, fue torturada por los musulmanes y condenada a morir emparedada. La imagen de la iglesia de Villanueva, que se saca anualmente en procesión, la representa con palma de martirio. A pesar de ello, en ningún lugar consta que fuese martirizada y el oficio de su culto es de communi virginum non martyrum.

martes, 7 de abril de 2020

Cortijo de la Inquisición (Villacarrillo, Jaén)

El cortijo de la Inquisición duerme bajo sus ruinas no muy lejos del pueblo andaluz de Villacarrilloprovincia de Jaén, en un altozano rodeado de rastrojos. En una loma amarillenta en medio de los olivares, se yerguen aun los muros decrépitos de lo que fue, según, los viejos, un lugar de mazmorra, tormento y muerte.
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Gran cruz bermeja
Se pueden ver todavía los restos de un horno, sus ventanas grandes, demasiado suntuosas para una vivienda normal. En el muro del norte hay, algo borrada por el tiempo, una misteriosa gran cruz pintada con sangre de toro o en almagre, como en las viejas iglesias, y otra más pequeña, con un INRI marcado muy fino y dos números 17… Quizá fuera en el siglo XVIII cuando fue prisión tenebrosa por última vez. O no, según la historia que he oído después. Hay quien dice que hasta hace poco se podía entrar en las mazmorras, donde había ganchos de hierro en las paredes y una viga que se usaba como cadalso.
Villacarrillo era a principios del siglo XIX la cabeza del Partido Judicial de la parte oriental del entonces Reino de Jaén, con siete villas bajo su jurisdicción y nueve ayuntamientos. Parece lógico que una especie de delegación de la Inquisición tuviera allí también su sede.
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Una cruz dibujada, con INRI y parte de una fecha.
No había muchos judíos conversos por aquellos pueblos a quien perseguir. Más probablemente serían sus víctimas mujeres acusadas de brujerías, como las que se reunían a hacer conjuros y adorar la Luna, dicen, en las inmediaciones de la torre mora de Los Lagartos. Esta todavía se alza en el camino de La Puerta a Siles. La torre (cuya etimología, como la del Cardete viene de lacerti, lugar defendido y fuerte) es muy anterior a los musulmanes, probablemente de la época de las guerras púnicas, como las otras tres que se alzan aún entre Orcera y Segura.IMG_4747
El interior del cortijo es hoy inaccesible al haber colocado los propietarios actuales, una empresa aceitera cordobesa, unas alambradas que protegen de los derrumbamientos pero ocultan para siempre la historia de esa aislada, enorme y singular edificación. Se pueden apreciar tres cuerpos diferentes, con sillares y mampostería diferentes. Un ave rapaz sobrevuela las ruinas en la mañana de julio aún no arrebatada por el calor.
La historia, o la leyenda, mejor, se complica porque tuve una borrosa noticia de un caso extraño ocurrido durante la Guerra de la Independencia. Al parecer, encontraron allí, hacia 1810, el cadáver desfigurado de un soldado francés. Es sabido que el IV Cuerpo de Ejército, al mando de Sebastiani, entra en Andalucía desde Villanueva de los Infantes por Montizón, aunque sufren bajas en una emboscada en las inmediaciones. En Montizón fue deshecho por los franceses el pequeño cuerpo de ejército mandado por Gaspar Vigodet, en enero de 1810.
Pero este francés, probablemente extraviado, errante tras la escaramuza de Montizón, no fue apresado por las tropas regulares, ni siquiera por la guerrilla que capitaneaba Antonio Calvache -que en octubre de 1810 fue apresado y ejecutado por los franceses-. Fue entregado por unos pastores que habían descubierto entre sus papeles lo que decían ser ‘cartas de moros’. Un cura desmintió esa tontería, propia de analfabetos, diciendo que era una libreta, o un libro pequeño, en hebreo, lo que hizo considerar que el soldado, de apellido Furtado o Hurtado, que hablaba algo de nuestra lengua, era en realidad un judío español, es decir, culpable de judaizar bajo el uniforme francés. Con ésas, fue entregado a lo que quedaba del Santo Oficio, que había ejercido su jurisdicción en ese lugar. Allí ya había pocos oficiantes pues la supresión oficial de la Inquisición por Napoleón la había debilitado mucho. No obstante, no habían sido obligados a abandonar ese cortijo, donde se agazaparon como aves de presa, casi clandestinos, al acecho de los imprudentes que por allí se aventurasen. No se hizo autopsia del cuerpo, pero las notas de un albéitar –no hubo juez ni médico por medio-llamado Pulido dan cuenta de señales de atroces tormentos practicados en el infeliz soldado. Era la venganza de los decaídos inquisidores contra un francés y, encima, judío. (La Inquisición sería reestablecida por Fernando VII y subsistió hasta 1834, en que fue abolida definitivamente por la reina María Cristina de Borbón, el mismo año del Estatuto Real).
Indagando sobre los Furtado, descubrí que eran oriundos de Bayona, en el ahora País Vasco francés. En 1789, año de la Revolución francesa, residían entre la frontera española y Burdeos hasta cinco mil descendientes de los judíos españoles y portugueses. En una Francia con veinticuatro millones de habitantes, sólo había unos 40.000 judíos y todos fueron hechos ciudadanos por la Convención. Los jóvenes judíos, liberados de su consideración segundona, se alistarían voluntarios en las tropas napoleónicas que para ellos eran el símbolo de la igualdad y equiparación con el resto de los franceses. Podían ser ya reclutas de la Nación. Iban, como iría Furtado, convencidos, no de que invadían un país, sino de que llevarían la civilización, el Código Civil y los derechos del hombre, la igualdad y la libertad, que lo liberaban del oscurantismo, e irónicamente, de su manifestación más siniestra, la Inquisición.
Furtado
Fragmento del libro que llevaba Isaac Furtado entre sus pertenencias
Pude averiguar que de la familia Furtado (que había adoptado la grafía portuguesa de su original apellido, Hurtado), en Bayona mismo, entre los chocolateros y los vendedores de tejidos, muchos de los cuales aun conservan sus comercios, salieron varios reclutas, uno de los cuales había desaparecido en la guerra peninsular, llamado Isaac. También llegué a saber que el librillo en hebreo que llevaba, y que le condujo a la muerte que le dieron los últimos celosos inquisidores, no era una biblia sino una obra de su ilustre tío, Abraham Furtado, miembro del Sanedrín y de la Asamblea de Notables convocada por Napoleón para organizar el judaísmo francés dentro del marco constitucional.
Curiosamente, he sabido también que en Úbeda hubo antes de 1492 una familia hebrea, los Hurtado, probablemente la misma, que huyeron a Portugal y probablemente son los mismos que en el siglo XVIII se asentarían en la Aquitania. El joven recluta había ido a morir, por azar o por el destino, tres siglos después, como un paria, muy cerca de la cuna de sus ancestros.
Tras este macabro hallazgo, que podría haber ilustrado uno de los ‘desastres de la guerra’ de Goya, el cortijo quedó maldito entre las gentes de la comarca y ni siquiera tras la Desamortización hubo muchos pastores, muleros o aparceros que quisieran habitarlo. Como mucho, fue utilizado su patio como pequeña tinada temporal, y para guardar cereal en trojes. En la primera mitad del siglo XIX el término se dedicaba a los cereales, casi veinte mil fanegas, mientras el olivar sólo ocupaba dos mil, y los viñedos, setecientas.
Los franceses seguramente lo tomarían y lo usarían para encerrar prisioneros a los levantiscos pastores de la sierra de Cazorla, abandonándolo después.
Esta es la historia que me ha contado un erudito local, bibliotecario jubilado, que vive entre sus papeles viejos, revistas del Instituto de Estudios Giennenses, sin que nadie le haga caso, en una cortijada medio abandonada, con unos añosos pinos, un parral, un pozo casi seco –aunque las lluvias de este año lo han rellenado- y unos patios destejados.

El milagro del campanario (Villacarrillo, Jaén)


Ocurrió el día 8 de Mayo de 1902, cuando Luis José Ramírez Martínez de 11 años de edad, ejerciendo de monaguillo y repicando las campanas de la Iglesia vandelviriana, fue despedido violentamente hacia la parte exterior del mismo, sobreviviendo de una caída de más de 30 metros de altura, siendo considerado un “milagro” tanto por las crónicas de la época como por los vecinos de la localidad, al ser ese día el de la “Asunción”. 

Placa en la torre de la Iglesia (Autor: Toni Pérez)

La leyenda dice que murió muchos años después al caerse de un burro, aunque una publicación reciente (RUBIALES GARCÍA DEL VALLE, 2014) nos afirma que no fue así, puesto que murió a los 63 años de edad por una parada cardíaca (Luis José Ramírez Martínez nace en Villacarrillo el día 12 de Marzo de 1891 y fallece el día 22 de Abril de 1954, también en Villacarrillo). 

Castillo de Giribaile (Vilches, Jaén)

Existen muchas leyendas sobre los castillos de Giribaile, pero aquí contaremos la más popular. La cuentan nuestros abuelos y sigue cautivando como la pastora al moro.
En términos de Vilches, entre los ríos Guadalén y Guadalimar, se ubica la meseta que conserva unas ruinas del Castillo de Giribaile. Éstas guardan historias y leyendas de gran belleza. El acceso a éstos castillos es por la carretera de Linares - Arquillos, después de la desviación de Guadalén.
Cuenta la leyenda que un poderoso rey moro tenía una gran pena que le abatía, su corazón era preso de una bella joven que vivía con sus padres y hermanos cuidando de su rebaño. Por ser de religión diferente no querían saber nada.
Paseaba con su caballo orgulloso, mientras entonaba un verso.

De río a río,
Todo es mío,
Y nunca moriré,
De hambre, de sed y de frío.

Pero el amor que sentía por aquella joven, el corazón le oprimía y, cautivo de sus sentimientos, abusó del poder que sus riquezas ofrecían.

Un día acechó a la pastora, que iba al río a lavar, la cogió y la llevó entre gritos y alaridos, y sin piedad ninguna, hasta su castillo.

El padre y el hermano de la muchacha, al enterarse, sólo vivían para acechar al rey moro, que seguía paseando por sus tierras confiado. Un buen día, al rey moro lo atraparon, encerrándolo en una piedra hueca de la que nunca saldría.

Allí murió el rey moro, por su orgullo castigado, de aquello que presumía de sus riscas asomado. Aún se oyen los ecos de los versos entonados:

De río a río,
todo es mío,
Y nunca moriré,
de sed y de hambre y de frío.

El Cristo de Chircales (Valdepeñas de Jaén, Jaén)

Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que el Cristo de Chircales es lo más querido por todos los valdepeñeros. Es el punto de unión del pueblo. Alrededor de Él giran sus fiestas más importantes: la Feria de Septiembre y la Romería de mayo.
Aunque el nombre de Chircales aparece ya en 1.330 en el “Libro de las Monterías” del Rey Alfonso X el Sabio, no sabemos a ciencia cierta desde cuándo es utilizada esta zona como centro religioso.
Es posible que los primeros ermitaños se asentaran en Chircales mucho antes de la fundación de Valdepeñas, concretamente en la “Cueva de los Milagros” y sus alrededores. Lo que si es cierto es que los primeros datos documentados de la ermita de Chircales y de la presencia de ermitaños en ella se remonta a 1.568, prácticamente a la fundación de Valdepeñas. Sobre la presencia del Cristo de Chircales en su ermita, los primeros datos encontrados son del año 1.609. En un inventario se recoge la existencia de “un cuadro grande de un crucificado, que tiene pintado el dicho cuadro y dos imágenes”. De cómo llegó el Cristo de Chircales a su Ermita de Chircales, existen dos versiones.
La leyenda más popular dice que dos pastorcitos entraron en una cueva y, en la oscuridad, observaron cómo colgado de un clavo había un lienzo rollado, que bien pudiera ser tela para uso de trajes de vestir, pero que al desenrollarlo pudieron ver la imagen de un Cristo agónico en la cruz que resultó ser el Cristo de Chircales.
Otra leyenda cuenta que habiendo unos ermitaños viviendo en unas cuevas, que aún hoy se ven, en el citado risco llegó a descansar un arriero que traía paño de venta, deslió un fardo, y entre el paño traía la dicha Imagen y por el favor recibido, manifestando su agradecimiento, les donó dicha Imagen.
Pasado el tiempo, en 1.834 se presentó una epidemia de cólera en Valdepeñas de Jaén y, un grupo de familias, en número de diez, de la calle Sisehace, se ofrecieron al Santísimo Cristo de Chircales si la referida epidemia no entraba en dicha calle, donde estos señores estaban domiciliados. De esta forma, y al no haber ninguna víctima en esta popular calle valdepeñera, se fundó la Cofradía del Santísimo Cristo de Chircales de Valdepeñas de Jaén.

Los Jilgueros (Valdepeñas de Jaén, Jaén)

Corría el verano de 1.952, cuando unos muchachos que jugaban en la Plaza del Pueblo recogieron un nido de jilgueros que había caído de un árbol y lo subieron a la torre del Ayuntamiento para que los «padres» pudieran continuar alimentándolos. Poco a poco, los jilgueros siguieron creciendo y abandonando el nido; todos, menos uno, que fue entregado a un maestro barbero, apodado «Gregorete».
“Gregorete” ató a la jilguera a un cimbel que, en semilibertad, revoloteaba por la barbería. A veces, la soltaba; y fue en una de estas ocasiones cuando, aprovechando que la puerta permanecía abierta, la jilguera se escapó. Poco a poco fue apareciendo el frío que anuncia el crudo invierno valdepeñero, y Baltasar Infante Morales, sastre de 58 años de edad, que veía revolotear por el balcón de su sastrería a la jilguera, sintió pena de que tuviera que dormir en la calle y encargó a su hijo que le tendiera una trampa, y la capturaron.
“Gregorete”, cuando conoció el hecho, dijo a Baltasar que se podía quedar con la jilguera. Tras permanecer un corto período de tiempo enjaulada, un día que el sol brillaba, el sastre Baltasar, dejó en libertad a la jilguera y esperó, con emoción, su regreso. Trascurrieron varios días y cuando se había hecho a la idea de que la jilguera ya no volvería, escuchó un canto que le era familiar: la jilguera volvía a su hogar, ante la alegría del sastre y de sus aprendizas. Desde ese momento, la jilguera entraba y salía de la sastrería a su antojo, revoloteaba por la estancia, se posaba en los cuadros, en el hombro de su amigo, en la mesa de corte… Baltasar -que mantenía largas conversaciones con ella- le recriminaba el que se acercara tanto a las tijeras, mientras cortaba, por miedo a herirla.
Así fue transcurriendo el invierno, con sus continuas entradas y salidas de la sastrería. A veces, cuando volvía y encontraba la puerta cerrada, cantaba apoyada en el balcón, llegando, incluso, a picotear en los cristales cuando no era escuchada. Por las noches solía dormir agarrada a los cables de la luz o en alguna viga del techo. En la primavera de 1.953, la jilguera cambió sus hábitos de entradas y salidas. Las noches las pasaba fuera y, a lo largo del día, hacía diez o quince visitas a su amigo.
La jilguera se hizo popular en Valdepeñas, y su historia era muy conocida en el pueblo; por esta razón, era bastante frecuente ver a grupos de valdepeñeros, junto a la puerta del sastre, observando sus entradas y salidas. La jilguera, sin inmutarse, se posaba y cantaba en la pequeña palometa que el bueno de Baltasar había instalado en la fachada, junto al balcón, donde nunca faltaba agua ni alpiste.
No había finalizado aún la primavera, cuando un día la jilguera no volvió. La tristeza invadió la sastrería. Todos creyeron que había caído en alguna trampa, o que algún cazador había terminado con su vida. Todos, menos el sastre, que -como buen cazador sabía que era la época de celo. Al cabo de 15 o 20 días la jilguera volvió de nuevo, y la alegría se instaló en la sastrería.
Oficialas y aprendizas volvieron a sonreír. La jilguera volvía de su «luna de miel», acompañada por un bello jilguero, que, aunque al principio prefirió esperar, apoyado en los cables de la luz, más tarde también entró dentro de la sastrería, y, junto a la jilguera, picoteó del apiste que Baltasar les ofreció, marchándose a continuación. Así permanecieron durante bastantes días, hasta que, de nuevo, los jilgueros dejaron de visitar la sastrería.
Había transcurrido ya un mes desde su última visita, y Baltasar empezó a aceptar que hubiese ocurrido lo peor. Cuando había perdido ya toda esperanza de volver a ver a sus amigos, estos, nuevamente, se volvieron a presentar; pero, además, ¡acompañados de cuatro lindos jilguerillos! Eran sus primeras crías. La pareja había esperado a que sus hijos pudieran volar para poder presentárselos a Baltasar.
La sastrería fue toda una fiesta. La jilguera, decidida, entró la primera; el jilguero, ya sin titubear, después; los jilguerillos, tras descansar unos momentos en la reja de una casa cercana, a continuación.
Durante ese verano de 1.953, ante la mirada atónita de los vecinos, la jilguera siguió visitando diariamente a su amigo; a veces, sola; otras, acompañada por sus hijos. La prensa se hizo eco de la noticia y la historia de la jilguera se extendió por todos los rincones de España. Una pléyade de poetas visitó nuestra ciudad y, con la jilguera y el sastre como testigos, recitaron bellos poemas.
Desde entonces, Valdepeñas de Jaén también es conocida como Valdepeñas de los Jilgueros.

La Emparedada (Úbeda, Jaén)

Doña Ana de orozco era una señorita de 19 años perteneciente a una familia adinerada en Úbeda, esta chica era considerada como la mujer mas hermosa de la ciudad por lo que muchos hombres la cortejaban, estaba casada con Don Rodrigo, éste no la dejaba salir de la casa por miedo a que un caballero la cortejara y ella aceptara, eso era imposible porque perdería toda su honra.

Un día Doña Ana aburrida de estar todo el día en casa, encerrada en una habitación oscura, se rebeló contra su marido pidiéndole que la dejara salir.

Don Rodrigo preso de los celos y de mil cosas mal, le hizo una serie de preguntas las cuales no tenían sentido, tales como -¿que ha sucedido, quien ha estado aquí?- .

Ella intento explicarle que no había pasado nada pero el obsesionado le dio una paliza y la encerró de nuevo en la habitación oscura de antes pero esta vez, la vistió de monja y la coloco de manera que parecía que rezaba, doña ana no podía moverse de los golpes recibidos así que no pudo hacer nada para defenderse, y para acabar de castigarla le tapo la puerta y la ventana con masilla para que no pudiese salir de allí por toda la eternidad.
Se dice que algunos días se escucha como una mujer llorando reza para que dios la libre de su castigo.
                    

Cerros de Úbeda (Úbeda, Jaén)

Por el siglo XII, cuentan que el rey Alfonso VIII se disponía a apoderarse del pueblo llamado "Úbeda" que estaba en manos de los almohades.                                                  

A las órdenes del rey había un joven caudillo llamado Alvar Fáñez "El Mozo" que tenía como misión el vigilar con su ejército un valle, al sur de la ciudad, con objetivo de cortar la retirada de las tropas enemigas.                                                                     

Alvar Fáñez Una tarde, Alvar Fáñez, sorprendió en un bosque cerca a una bellísima mora de laque quedó prendado al momento.                                                                    

El flechazo fue mutuo y quedaron citados para una fecha próxima en la torre de Fátima. Fue precisamente el día de la cita cuando "El Mozo" recibió la orden de atacar. Ante tan difícil dilema, Alvar Fáñez optó por el amor desatendiendo sus deberes militares.

Cuando al día siguiente el rey enfadado le preguntó que dónde había estado, Alvar mirando distraídamente el horizonte contestó: "Por esos cerros, Señor", sin darse cuenta, de que esos cerros eran inexistentes.                                                                           

Desde entonces, cualquier persona que contesta de una forma un tanto incongruente a lo que se le pregunta, se dice que se sale por los Cerros de Úbeda.

Los juancaballos (Úbeda, Jaén)

Cuentan que en las profundas grutas de sierra Mágina se esconden unos extraños seres conocidos como los “juancaballo”. Sonmitad hombre mitad corcel, malignos, crueles, y no gustan de vivir a la luz del sol. Hubo un tiempo en el que la población de Úbeda estaba tan aterrada con sus sanguinarias correrías que los inmortalizó en la fachada de El Salvador, para exorcizar, así, el miedo y suplicar protección a la divinidad.
Detalle de la fachada de la Capilla funeraria del Salvador del Mundo. La profusa imaginería es obra del escultor Esteban Jamete.
El relieve de los juancaballo está labrado en los contrafuertes de la capilla funeraria que levantó Francisco de los Cobos en Úbeda. En realidad, se trata de la representación de un episodio mitológico: Hércules luchando con el centauro. En la abrumadora fachada de este templo, una de las más ricas del Renacimiento español, convive la iconografía bíblica con el mundo clásico pagano, desarrollando un complejo lenguaje escultórico que alude al honor, a la gloria, al Salvador del mundo y, sobre todo, a la muerte…

Nuestro célebre escritor Antonio Muñoz Molina también se hace eco de la popular leyenda de los juancaballo en su novela El jinete polaco, premio Planeta en 1991: “…En la Sierra vivían unas criaturas mitad hombre y mitad caballo que eran feroces y misántropos y que en los inviernos de mucha nieve bajaban al valle del Guadalquivir exasperadas por el hambre y no sólo pisaban con sus cascos equinos las coliflores y las lechugas de las huertas, sino que llegaban al extremo de comer carne humana. La prueba de que los juancaballos existían, aparte del relato de algunos hombres aterrados que sobrevivieron a su ataque, estaba, labrada en piedra, en la fachada de la iglesia del Salvador, donde es verdad que hay un friso de centauros, de modo que si los habían esculpido en un lugar tan sagrado, junto a las estatuas de los santos y bajo el relieve de la Transfiguración del Señor, argumentaba sonriendo mi abuelo, muy hereje hacía falta ser para no creer en ellos…”

Amor de Ubeda y Torreperogil (Torreperogil, Jaén)

Hace muchos muchos años vivía en Úbeda una doncella con mucho éxito entre los nobles de su tiempo ya que era muy inteligente. Sin embargo no atendía tales solicitudes, pues estaba comprometida en secreto con el caballero Pero Gil (si, el de la torre)
Gil partió a la guerra contra los moriscos durante muchos años, y la joven doncella, aunque no sabía si estaba vivo o muerto permanecía fiel a su amor y a sus promesas, rechazando todas las propuestas de matrimonio, para desdicha de su padre que quería que eligiera pretendiente. Entre los aspirantes a su amor estaba don Rodrigo Chaves, un señor feudal privilegiado.
Este último, ante el rechazo de la dama, atacó una noche el hogar familiar y la secuestró. La familia de la doncella acudió al regidor, pero este era íntimo amigo de don Rodrigo, por lo que no los ayudó.
El padre de la doncella, desesperado, viajó a Algeciras en busca de Don Pero Gil y, éste, volvió a Úbeda de inmediato para pedir justicia. Una vez más el regidor le negó su ayuda por lo que se vió obligado a tomarse la justicia por su mano.
Pero Gil, acompañado de un grupo de caballeros entre los que se encontraba el rey Pedro I, asaltaron la casa del secuestrador, exigiendo que liberara a la doncella. Esta salió a su encuentro echa un desastre, con los vestidos hechos jirones.
La doncella, al ver manchada su honra y la de su familia, suplicó al rey su muerte. Sin embargo, Pedro I tuvo una idea mejor: casó a la doncella con su secuestrador, y tras la ceremonia, ordenó que fuera colgado de la ventana más alta de su casa, con un cartel que dijera:”Así castiga el rey a sus enemigos”.
Don Pero Gil y la doncella vivieron una vida larga, próspera y feliz en un palacio con una gran torre, la Torre de Don Pero Gil. Sus prósperas tierras acogieron una población que fue creciendo con el paso de los años, dando lugar al pueblo de Torreperogil.

El mal augurio del castillo (Torredelcampo, Jaén)

Cuenta la leyenda que Pedro Girón, maestre de Calatrava, ofreció al rey Enrique IV deponer las armas si le concedía la mano de su hermana Isabel, la futura Isabel la Católica. El monarca aprobó el casamiento, aunque el maestre calatravo doblada la edad de La Católica.
Cuando Pedro Girón acudía a la boda, con lucido séquito, se detuvo a pernoctar en el castillo del Berrueco. Aquella noche una gran bandada de cigüeñas estuvo largo rato sobrevolando la fortaleza en círculos.
Las personas que acompañaban al feliz novio creyeron que lo de las cigüeñas del Berrueco era un mal augurio. El caso es que la comitiva continuó su viaje. A los pocos días acampó en Villarrubia, cerca de Ciudad Real, donde don Pedro, después de cenar, se retiró a dormir y por la mañana lo encontraron muerto de, según dice la crónica y repite Juan Eslava Galán en su libro 'Castillos y Atalayas del reino de Jaén'.
Algunos de los que le acompañaban pensaron que el monarca Enrique IV se había arrepentido de ofrecerle el casamiento de su hermana y se había conjurado para que Girón nunca llegase. No obstante, otros apuntan que la causa de la muerte de Pedro Girón fue la cena, y no precisamente porque le sentara mal.

La Cruz del molinillo (Santo Tomé, Jaén)

Al atardecer, cuando cesaba el canto de las chicharras y el sol se acercaba al horizonte, la comitiva que había salido por la mañana temprano de Baeza se encontraba ya cerca de Santo Tomé. Andrés Castillo se despidió de D. Hernando, de su esposa e hija que iban en un carruaje, y esperó a que la comitiva continuase su camino hacia el pueblo para él dirigir su caballo hacia el molino. Varios niños salieron en tropel corriendo a su encuentro por el camino. Eran sus sobrinos que se habían percatado de su presencia por el ladrido de los perros, y salían a recibirle.
Andrés Castillo era un joven, gallardo y apuesto soldado que gozaba de la protección y confianza de D. Hernando, bajo cuyas órdenes se encontraba en Flandes, y que había intervenido en varias campañas en la guerra que nuestro señor el rey Felipe IV mantenía en aquellos territorios, siendo su última participación en el asedio y rendición de la plaza de Breda, cuyas llaves fueron entregadas al marqués Ambrosio Spínola, bajo cuyas órdenes estaba D. Hernando.
Al llegar al molino, sus dos hermanos y las mujeres de ambos salieron a recibirle, avisados por los gritos y alboroto de los niños que anunciaban la llegada. Tras el efusivo saludo familiar de los hermanos, las cuñadas y de toda la prole, los niños acorralaron a su tío, admirando la reluciente pistola al cinto, la daga y la espada de ancha cazoleta, y asediándole a preguntas sobre sus aventuras. Por la noche, tras la cena, los niños escucharon embelesados sus hazañas por tierras lejanas, hasta que a regañadientes obedecieron marcharse a la cama.
El día siguiente lo pasó Andrés ayudando a sus hermanos en las tareas del molino (propiedad de D. Hernando). Al terminar la faena se bañó en el agua cristalina del río que bajaba de Cazorla y recogía aguas del Cañamares en Nubla, y que servía para mover el molino. Se puso su mejor ropa, con su golilla blanca almidonada, sus botas limpias, ajustándose por último su pistola y espada al cinto antes de salir. Montó su caballo y se dirigió al pueblo. Poco había cambiado desde la última vez que estuvo por sus calles, y eso le daba confianza al conocer el terreno que pisaba. Fue reconocido por varios vecinos, y alguna que otra moza, conforme pasaba por las calles. Paró ante una pequeña casa de las afueras del pueblo, casi al final de la calle Santísimo, descabalgó y ató las riendas del caballo en la argolla de la pared. Entró en la casa sin llamar, pues quería sorprender a su madrina María Teresa, y en parte lo consiguió, pues ella ya sabía que el conde de Garcíez se encontraba en la Casa Grande desde la tarde anterior. María Teresa era una persona muy querida y conocida en el pueblo, pues había ayudado a nacer a casi todas las personas jóvenes que ahora vivían en el pueblo, y durante muchos años trabajó en la Casa Grande. Madrina y ahijado se abrazaron y besaron emocionadamente, mientras unas lágrimas de alegría, que no pudo ni quiso contener, resbalaban por las mejillas arrugadas de aquella mujer. Andrés fue contando a su madrina todo lo que sabía a ella le encantaba escuchar. Para el final había dejado dos sorpresas: un hermoso pañuelo de encaje confeccionado en la mismísima ciudad de Gante, en la que había nacido el emperador Carlos el primero, y la otra era comunicarle que su corazón latía apresuradamente cuando se sentía mirado por los verdes ojos de una mujer. María Teresa quiso conocer la gracia de la persona afortunada y le preguntó por su nombre.
- "Se llama Ana. Es la hija de D. Hernando."
Al escuchar su nombre, María Teresa se ruborizó y sintió un agudo dolor en el pecho. ¡No podía ser! Otra mujer cualquiera menos ella. ¡Ella no! Dios mío; con la cantidad de mujeres que habrían dado su vida por estar casadas con él, y Andrés había puesto sus ojos precisamente en ella.
- "Ven, siéntate junto a mí - dijo ella cogiéndole la mano y mirándole con tristeza.- Tengo que contarte un secreto, que nunca tendría que haberte dicho ni a ti ni a nadie. Y sé que te haré daño, pero es mejor que callar - sus palabras tardaban en salir por su boca, mientras sus manos sujetaban y acariciaban las de Andrés.
- "Verás, me parece muy bien que quieras a Ana, y tienes que quererla aún más, pero no como la quieres ahora. Tienes que quererla como a una hermana, pues ella es tu hermana. Andrés no quería creer lo que estaba escuchando, pero sabía que aquella mujer nunca podía engañarle, que le estaba diciendo la verdad.
-"Cuando tú naciste, ella vino contigo al mundo. Tu madre sabía que dos bocas más era mucha carga para tu padre en aquellos años tan difíciles, por lo que me la confió para que la dejase en alguna casa con posibles, sabiendo que yo trabajaba en la Casa Grande y que los condes no tenían ninguna hija. Varios años después unas fiebres se la llevaron, no sin antes hacerme prometer que guardase el secreto hasta donde pudiera, más bien por tu hermana que por otra persona. Tu padre nunca lo supo, pues en el momento de nacer estaba fuera y mi hija Teresita fue la encargada de ponerla a la puerta de la Casa Grande y llamar para que la recogiesen, como así sucedió. Yo te he ido criando a ti, y a ella cuando los condes venían; he procurado enseñaros las mismas cosas buenas a los dos."
Andrés contó a sus hermanos lo que su madrina le había dicho y dibujó una cruz granate al lado de la puerta principal del molino, con ocho puntos alrededor: dos sobre el travesaño representando a sus padres, y seis por debajo, uno por cada miembro de aquella familia, para recordar siempre que entre ellos había otra persona con la que aquella familia tenía que compartir el amor y los buenos deseos.
Varias semanas después, D. Hernando de Quesada y Hurtado de Mendoza, conde de Garcíez y XIII señor de Santo Tomé, partió acompañado por Andrés hacia las guerras de Flandes.
Varios años después Ana se casó y tuvo una niña a la que puso por nombre Andrea María de la Esperanza.
Las crónicas no cuentan nada sobre Andrés posterior a esto, pero la cruz granate pintada en la fachada principal, junto a la puert