lunes, 10 de septiembre de 2018

El Fraile y el Cristo (Alcalá del Río, Sevilla)


Por la noche, antes de salir la cofradía de la parroquia hacia la capilla de San Gregario, con sus disciplinantes cargados de cadenas y cruces, azotándose las espaldas con manojos de cuerdas a las que se les añadían bolas de cera con cristales para hacerse más daño, un franciscano se subía al púlpito, según establecían las Reglas, y les predicaba el Sermón. Luego, tras dar la absolución a todos los nazarenos, les imponía como penitencia el salir a la calle en cofradía y así lo hacían, llevando tras de sí al Cristo portado en brazos por un clérigo entre hachas de cera encendidas y dos trompetas grandes tocando roncos clamores.

Por aquel entonces, vivía en Alcalá un muchacho llamado Juan, un poco alocado, juerguista y poco amigo de iglesias y de santos, aunque de buen corazón en el fondo. Solía trabajar de oficial con uno de los carpinteros del pueblo. Una noche del Jueves Santo, más por diversión que por devoción, se coló en el Sermón con sus amiguetes, sirviéndoles de chusma todo lo que el predicador decía. Como tantas veces hemos oído nosotros mismos en otros tantos sermones, el predicador centró su sermón en decir que, aunque los judíos crucificaron a Cristo hacía ciemos de años, nosotros seguimos crucificándolo cada día por nuestros pecados, pues estamos con ellos haciendo necesaria día a día nuestra Redención.

Aquel sermón, le sirvió al carpintero y sus amigotes de chusma y broma toda la noche hasta que, cansados y soñolientos,  medio borrachos, se fueron a dormir al tiempo que otros se levantaban para ir al Sermón de la Sentencia, de la Hermandad de Jesús.

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Fue a los pocos días de aquel Jueves Santo cuando la hermandad decidió encargar una nueva cruz para el Cristo y sustituir la cruz dorada por otra negra redonda y arbórea.

El día que la nueva cruz estuvo terminada, el prioste de la hermandad estaba solo en  la capilla de San Gregorio para desenclavar la imagen de la vieja cruz y colocarla en la nueva. Aunque la operación no era excesivamente complicada, el temor de causar algún daño a la imagen le hizo desistir de hacerla solo y salió a  la calle a buscar a alguien que le ayudara. Fue entonces cuando se dio de cara con Juan el carpintero, que casualmente pasaba por la plazuela. Al principio, este se negó a entrar en la ermita, y menos para andar con cosas de santos, pero la insistencia del prioste, pariente suyo, consiguió convencerle para que le echara una mano.

La cruz nueva estaba tendida en el suelo y el Cristo había sido ya desenclavado por el prioste de la vieja cruz. Sólo quedaba colocarlo sobre la nueva y fijar los clavos. Tras situarlo en el sitio donde debía quedar, el prioste colocaría el clavo de la mano izquierda y el carpintero el de la derecha, a través de los agujeros que ya estaban medidos y taladrados en la cruz.

El Cristo tiene la mano semicerrada, con tan sólo dos dedos extendidos, lo cual entorpecía ligeramente el trabajo y había que ir con cuidado de no dañarle algún dedo con el martillo. Fue entonces, cuando el carpintero iba a introducir el clavo a través de la llaga de la mano del Cristo, cuando la mano de la imagen, que estaba semicerrada, se abrió totalmente como para facilitarle la introducción del clavo y llegar al orificio de la madera. El escalofrío que recorrió todo el cuerpo del carpintero, que inmediatamente recordó el sermón del pasado Jueves Santo, y lo que pasó por su mente en aquel momento sólo él y el Cristo de la Vera Cruz lo saben, pero Juan el carpintero, como San Pablo, quedó marcado para siempre por aquel milagroso suceso. Por un momento, con un clavo en una mano y el martillo en otra, se había visto haciendo exactamente lo mismo que cientos de años antes hiciera alguien sobre el Monte Calvario, mientras que Cristo abría su mano para q ue fuera traspasada.
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Al día siguiente, sin dar más explicaciones a nadie y ante el asombro y extrañeza de su escasa familia, tan sólo una tía, hermana de su padre con la que vivía, se despidió de todos y se marchó a Sevilla sólo con lo puesto. Aquí se le perdió la pista a Juan el carpintero y ya nunca se supo de él en Alcalá del Río, salvo la llegada de un cuadro al cabo de los años, cuando nadie se acordaba de aquel mozalbete oficial de carpintero ni vivía ya su tía para recordarlo. Quizás haya sido ésta la causa por la que nunca se ha referido este milagro entre las gentes de Alcalá.

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Luego, mucho más tarde, y gracias a unos viejos legajos aparecidos en no sé qué convento franciscano de no 'sé que sitio y encontrados por alguien que ni conozco ni sé su nombre, sabemos que un tal Juan Carpintero, natural y vecino de la villa de Alcalá del Río, del Arzobispado de Sevilla, ingresó como hermano lego en el convento Casa Grande de San Francisco de Sevilla. Según estos legajos, apenas superado su noviciado, Fray Juan viajó al lejano México, donde en una perdida misión realizó una gran labor catequética y caritativa entre aquellos indios, con quienes llegó a organizar una cofradía de la Vera Cruz, que salía cada Jueves Santo por la noche después de que el propio Fray Juan les predicara el sermón y que casi siempre trataba de aquello de que los judíos crucificaron a Cristo, pero nosotros seguimos crucificándolo cada día por causa de nuestros pecados...

Fray Juan, vivió y murió como un santo en aquella misión de Nueva España, aunque siempre tuvo en su memoria y en su corazón a su Cristo de la Vera Cruz junto a la Madre que después había encontrado en aquellas lejanas e inhóspitas tierras bajo la advocación de Virgen de Guadalupe.


Con el  tiempo, uno de los  frailes de la orden, compañero durante mucho tiempo de Fray Juan en la misión en México, retomó a España y anduvo de capellán por algunos lugares...Posiblemente fuera este otro fraile quien dejara esta historia escrita en algún archivo de algún convento franciscano y también quien, recordando todo ello y en memoria de su hermano de religión, un día de 1.718 apareció por Alcalá con un enorme cuadro de la Virgen de Guadalupe y, tras rezar ame el Cristo de la Vera Cruz, lo dejó en !a capilla para que ahora, tú y yo, y luego tus hijos y los míos, y después mis nietos y tus nietos, recordando esta historia del fraile que enclavó al Cristo de la Vera Cruz, recordemos que nosotros también lo crucificamos cada  día.

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